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Mayo 2014

Cultura y economía: itinerario de dos conceptos

Por Tomás Ariztía

*Sociólogo, Magíster (PUC) y PhD en Sociología (London School of Economics). Profesor Asociado Escuela de Sociología Universidad Diego Portales, Investigador Instituto de Ciencias Sociales UDP (ICSO).

Conceptos como industrias creativas, industrias culturales o economía de la cultura se han vuelto recurrentes en la conversación sobre el campo cultural y las políticas culturales. Suelen ir  asociados a la idea que las actividades culturales pueden ser definidas como actividades  económicas y, por lo tanto, son factibles de un análisis de este tipo. Esta conexión cultura/economía no es tan evidente, sin embargo. O al menos no lo ha sido para buena parte de la sociología. Por ejemplo, el concepto de industrias culturales nace justamente para criticar la injerencia de la lógica económica en el ámbito de la cultura. Quienes primero hablaron de industria cultural (Adorno, Horkheimer y la Escuela de Frankfurt) lo hacían para denunciar los efectos de la expansión de la lógica comercial a la cultura. Más allá de las críticas que se puedan hacer a sus análisis —como en el caso de la Escuela de Frankfurt, su noción elitista de cultura— su interés en problematizar y examinar las conexiones entre economía y cultura es un desafío hoy más que vigente. Sobre todo en países como el nuestro en donde el lenguaje económico neoclásico es la doxa dominante por ya varias décadas.

Reflexionar acerca de la conexión entre economía y cultura, no como algo dado y natural, sino como una relación abierta al análisis nos permite hacernos muchas preguntas, por ejemplo: ¿cuáles son los aportes y restricciones que ofrece pensar la cultura desde el lenguaje económico? ¿Tienen las actividades culturales una lógica de operación que está en tensión con el mundo económico? A su vez, descansando en un concepto de cultura más amplio: ¿produce el mundo económico, particularmente aquellas actividades asociadas a la expansión de los mercados, un tipo de cultura específica? ¿Cómo afecta la cultura de mercado el desarrollo de la cultura? A menos que quisiéramos partir del supuesto de que todo tipo de acción humana puede ser explicada desde la economía (operación que implica un ejercicio extremo de reducción antropológica) las respuestas a estas preguntas son muchas y variadas. En este breve ensayo me gustaría reflexionar justamente sobre algunas de ellas. Lo haré presentando algunos de los caminos explorados por la sociología —preferentemente aquella rama interesada en la dimensión cultural de la vida social— para dar cuenta de los entrecruces entre cultura y economía. Mi objetivo es discutir distintas puertas de entrada para pensar esta conexión y, de paso, hacer menos obvia una relación que considero no ha sido suficientemente examinada. Como se mencionó anteriormente, me parece que esto es particularmente relevante, sobre todo en un contexto en donde la economía neoclásica se ha erigido como la gramática principal e indiscutida a partir de la cual se definen y diseñan de políticas públicas (incluyendo las políticas culturales). El viaje justamente comienza abandonando esta idea de que la cultura puede (y debe) ser entendida como una actividad económica. Propongo en cambio movernos a territorios menos visitados. Concretamente presentamos sinópticamente tres formas adicionales de conectar cultura y economía: primero la mirada, de buena parte de la sociología del siglo XX, en la cual cultura y economía se piensan como mundos opuestos. Segundo, la visión en la cual el campo cultural ha venido a ser valorado recientemente como la vanguardia del crecimiento económico y del despliegue de la economía del conocimiento. En esta lectura, la cultura se concibe principalmente en relación con el desarrollo económico. Dicho de otro modo, la cultura desde esta perspectiva se piensa como un buen negocio. Finalmente, un tercer camino consiste en pensar el mundo económico como un espacio en el cual se producen y circulan formas culturales. No existiría según esta última versión una doble dimensión entre lo cultural y lo económico, por el contrario, la expansión de los mercados ha implicado la creación de formas culturales específicas. Desde esta perspectiva, se vuelve necesario pensar la cultura de los mercados y de la ciencia económica como un espacio que tiene efectos sobre el campo cultural. Cada una de estas formas de pensar la relación entre cultura y economía gatilla preguntas y desafíos relevantes para el análisis del campo cultural en nuestro país [1]. Contribuyen por tanto a enriquecer y complejizar la forma en que se piensa y se actúa sobre la cultura en Chile.

Cultura y economía: mundos opuestos

Durante buena parte del siglo XX los conceptos de cultura y economía han ocupado oposiciones antagónicas en la división intelectual del trabajo. Mientras la economía —y particularmente en su versión neoclásica— ha sido estudiada fundamentalmente en relación con el despliegue de una racionalidad instrumental; la idea de cultura se ha vinculado tradicionalmente con actividades y valores asociados a un tipo de racionalidad sustancial. De hecho, tal como plantean Slater y Tonkiss (2001) el término cultura se expande a principios del siglo XX justamente para dar cuenta de aquello que no puede o debe ser tocado por el despliegue de los mercados.

Por cierto, buena parte de la crítica cultural del siglo XX ha girado en torno a los efectos de la expansión del capitalismo por sobre el mundo de la cultura, asociando la expansión de los mercados al consecuente empobrecimiento de la autonomía y capacidad crítica de la obra artística y el artista. Y la expansión de una cultura de masas de poca profundidad en donde criterios como masividad y rentabilidad predominan por sobre la calidad y posibilidad expresiva. Tanto en la tradición crítico-marxista como en la tradición conservadora se observa una profunda sospecha a las consecuencias de la expansión de los mercados al mundo de la cultura. Desde aquí, dependiendo de la cara de la moneda, la relación entre cultura y economía se asocia ya sea a un proceso de empobrecimiento de los valores tradicionales y su reflejo en la cultura, como de la mercantilización del arte y su transformación en un bien de consumo de masas. Mirado desde acá, el concepto de cultura justamente se erige en oposición —y como último reducto de defensa— a la expansión de los mercados. La “verdadera” cultura dependería justamente de su capacidad de ser autónoma de las fuerzas del mercado, respondiendo a su propia lógica interna.

Más allá de las pretensiones esencialistas y elitistas que se la atribuyen a esta mirada (por ejemplo visibles a nivel local en las críticas de Edward Bello a la ausencia de mercado), esta crítica de viejo cuño resalta un aspecto a mi juicio más vigente que nunca en el Chile de hoy: la pregunta por los efectos que los procesos de economización (Çalişkan y Callon, 2009) tienen sobre el campo cultural [2]. En concreto, esto implica reflexionar sobre los impactos que la creciente adopción de conceptos, dispositivos, prácticas y marcos valorativos propios de la operación de los mercados en el diseño y gestión de políticas de fomento cultural. Dicho de otro modo, se trata de pensar los límites y costos que implica la extensión del lenguaje y cultura económica hacia el campo cultural, sobre todo en aquellas actividades cuya operación interna se aleja de los criterios de valoración económica.

Una forma en que la sociología económica ha desarrollado recientemente estos temas consiste en estudiar los efectos de la economía neoclásica sobre la producción de los mercados y su extensión a la implementación de políticas públicas. Los sociólogos han acuñado el concepto de performatividad para dar cuenta de la capacidad que tienen las teorías de producir lo que intentan describir (Callon, 2006). En este contexto, se ha documentado cómo la ciencia económica opera más como un mecanismo de intervención y modificación de la realidad que como una herramienta de descripción con pretensiones de neutralidad científica (Callon, 1998). Existe, de hecho, un creciente volumen de investigación que ha mapeado críticamente las características y consecuencias de los procesos de privatización y la creación de mercados para hacer frente a desafíos de política pública, tales como vivienda, salud o educación (Gárate, 2012, Ossandón, 2012). Por otra parte, el reciente debate sobre la educación ha puesto en evidencia los límites del pensamiento económico para pensar e implementar políticas públicas. A la luz de la discusión, estas ya no aparecen como un ámbito propio de debate experto, sino como el resultado de un proceso de debate y reflexión colectiva en donde la dimensión política es clave.

Una pregunta central en este contexto consiste en analizar los efectos que las teorías y dispositivos de la economía neoclásica han jugado en la creación del campo cultural en Chile. Más concretamente, se vuelve muy interesante indagar en la creciente injerencia de mecanismos y dispositivos de evaluación propios de la economía y su aplicación específica en el diseño e implementación de políticas públicas, como por ejemplo el efecto de los procesos de medición y cuantificación de la gestión cultural (Spenland, 1998) o la adopción de saberes y prácticas del managment empresarial, como por ejemplo la promoción del emprendimiento cultural (Sisto, 2012, Rowan, 2010). Es interesante reflexionar, además, cómo incluso las operaciones económicas más simples incorporan formas específicas de definir y valorar actores y procesos con relación a ciertos principios de valoración finales (por ejemplo, el valor de la eficiencia, competitividad, las necesidades de la demanda) (Boltanski y Thévenot, 2006). Muchas veces estos repertorios evaluativos no son objeto de escrutinio ni reflexión por cuanto están insertos en dispositivos de evaluación o promoción —sistemas de postulación online, formularios o lineamientos técnicos, directrices o líneas presupuestarios— en los cuales no es posible distinguir a simple vista cuáles son los valores o criterios que se privilegian.

Surgen por tanto numerosas interrogantes acerca de cómo se conectan economía y cultura y sus efectos sobre el campo cultural. En concreto, en la medida en que el lenguaje de la economía neoclásica se ha ido extendiendo al campo cultural, se vuelve particularmente relevante mapear su impacto sobre la ejecución cotidiana de políticas culturales. ¿De qué forma las teorías y tecnologías económicas contribuyen a definir, movilizar, medir y valorar lo cultural en términos económicos? ¿Cuáles son las limitaciones inherentes a las gramáticas de valor que estas movilizan? ¿Qué es lo que queda afuera o se vuelve invisible en estas operaciones? Muchas de estas preguntas surgen y son desarrolladas implícitamente por las personas que se desempeñan en el campo cultural y que tienen que lidiar en proyectos con conceptos como impacto, innovación, rentabilidad social, etc. Si bien este lenguaje técnico propio de la economía y de otras profesiones de mercado es visto como algo normativamente neutro, lo cierto es que siempre moviliza formas particulares de definir y valorar la actividad cultural y la sociedad (Ariztía, 2013).

La cultura como buen negocio: el discurso de las industrias creativas

Una segunda lectura, que nace en parte como reacción a la lectura anterior, tiende a pensar economía y cultura no como espacios antagónicos, sino como ámbitos complementarios. Se argumenta desde esta versión, que frente a los procesos de desindustrialización y la desmaterialización de la economía estaríamos en un momento en el cual el campo cultural se ha transformado en la vanguardia del capitalismo contemporáneo. La economía de la cultura es la punta de lanza de la nueva economía del conocimiento (Pratt y Jeffcutt, 2009; Rowan, 2010). En este nuevo escenario, la producción de bienes y servicios culturales viene a cumplir un rol central para la economía de ciudades y países, preferentemente en el primer mundo. La cultura se ha transformado, por tanto, en un ámbito crecientemente relevante para la economía. Conceptos como industrias creativas vienen justamente a definir/medir/impulsar esta nueva conexión entre cultura y economía. Por ejemplo, tal como describe Miller (2011), el concepto de industria creativa se transforma en un nuevo referente oficial a partir del cual los países y organismos internacionales tematizan la cultura y las humanidades en el marco de la expansión de la economía del conocimiento y de los procesos de desarrollo. En torno a este discurso, la existencia de milieus culturales o polos de economías creativas se ha ido transformando en un verdadero símbolo de status a nivel de países y ciudades, suscitando una creciente competencia de estos por formar parte de circuitos creativos, valorados a su vez como un antídoto eficaz contra el desgaste económico o los procesos de desindustrialización. Una de las consecuencias de esta revalorización de la cultura como buen negocio es la aparición de nuevas jerarquías y formas de estratificación a nivel global y nacional: aparecer en los rankings de ciudades culturales, estar o no dentro de ciertos circuitos culturales globales de difusión (festivales, bienales), en suma, ser o no cool, se ha transformado en el nuevo mantra de alcaldes y gestores culturales (Slater y Ariztía, 2009b). La proliferación de gurúes del emprendimiento cultural como Richard Florida da cuenta justamente de esta necesidad de calmar la ansiedad por ser parte de los nuevos tiempos frente a la cual ciudades y municipalidades responden adoptando recetas para transformarse en polos creativos.

En general, más allá del éxito que pudieran tener este tipo de iniciativas, se observa que subyace a esta mirada una valoración de la cultura preferentemente en términos de su condición de recurso en donde una de sus principales funciones sería la capacidad de resolver problemas sociales (principalmente por medio de su contribución a la revitalización económica). La utilidad de la cultura radicaría por tanto en su capacidad de tener impacto a nivel social y económico [3] (Yúdice, 2002). Esta segunda lectura en la cual la cultura se piensa como un buen negocio supone numerosos desafíos y preguntas para el campo de la producción cultural. En primer lugar, pone de nuevo en cuestión la relación entre lo económico y lo cultural. En este caso, en términos de una creciente colonización de la lógicas de los mercados en los procesos de producción, circulación y consumo de la cultura. Esto comporta ciertamente varias implicancias. Lo primero y más concreto dice relación con los límites del campo cultural —al menos en lo que concierne a las políticas culturales—.

Conceptos como industrias creativas o industrias culturales desdibujan muchas veces los bordes de aquello que queda adentro o queda afuera de las políticas culturales. Por esto mismo, esta creciente valorización económica de la cultura dificulta la posibilidad de distinguir y alinear objetivos a nivel del rol del Estado. La pregunta, tal como lo recuerda Yúdice (2002), tiene que ver con los objetivos finales que mueven las políticas culturales así como la compatibilidad entre estos objetivos. ¿Es el fomento cultural una herramienta únicamente para el crecimiento económico, o tiene fines propios? ¿Cómo distinguir los primeros de los segundos? ¿Qué compatibilidades y/o incompatibilidades nacen en términos de una aproximación que valora la gestión cultural en función de sus impactos sociales y económicos, es decir, como un recurso y aquella que la valora exclusivamente desde una lógica que privilegia el crecimiento interno del campo cultural?

Las culturas del mundo económico

Finalmente, una tercera forma de conectar cultura y economía ha consistido en estudiar el conjunto de prácticas y saberes del mundo económico como un espacio donde se producen y circulan formas culturales. Desde esta aproximación, el mundo económico es entendido no como algo distinto de la cultura, sino como un espacio en donde se ensamblan significados y relaciones culturales (Amin y Thrift, 2004). Pensar así pone en cuestión la común doble dimensión (económica y cultural) que se atribuye generalmente a las políticas culturales [4].

Una pregunta que surge desde este marco es justamente cómo las distintas culturas de la economía afectan el campo cultural. Si bien existen muchas formas de examinar esta conexión, hay una que, para el caso de Chile, tiene una relevancia particular, esto es, la relación entre la expansión de una la cultura del consumo y el campo cultural. La cultura del consumo se puede definir en términos de la creciente centralidad que adquiere el consumo en la articulación de la vida social. Vivir en la cultura del consumo es vivir en un mundo en donde cada vez un mayor número de aspectos de nuestra vida están mediados por la adquisición de bienes y servicios en el mercado y, por lo tanto, mediados por los saberes, prácticas y dispositivos de las profesiones de mercado. Hay al menos dos aspectos de la cultura del consumo que pueden estar redefiniendo, o al menos afectando el campo cultural. Primero, la creciente centralidad y ubicuidad de las imágenes y representaciones de la publicidad y el marketing incluso en ámbitos que están fuera de la operación de los mercados, proceso que ha sido definido por Wernick (1991) como la primacía de una cultura promocional. Segundo, la creciente omnipresencia de la categoría del consumidor. La categoría del consumidor moviliza, entre otras cosas, una noción de la elección que remite a un acto privado e individual y donde se buscan satisfacer ciertos deseos o preferencias (Trentmann, 2006). El consumidor ha pasado de ser una categoría prácticamente inutilizada a ser una de las principales formas a partir de las cuales se definen las relaciones entre personas y/o instituciones.

Las preguntas que surgen son nuevamente variadas. En primer lugar, cabe interrogarse por los potenciales efectos de la cultura promocional en términos de las lógicas de producción, circulación y consumo de artefactos culturales. ¿Hasta qué punto las dinámicas del marketing y la publicidad afectan o transforman las operaciones tradicionales de producción en la cultura? ¿Cómo distinguir el espacio de producción de contenidos, de aquellas actividades orientadas a crear y promover distintas formas de branding? ¿Cuáles son los efectos en la cultura de la expansión de una lógica promocional centrada en la captación de públicos propia de las actividades del marketing (Cochoy, 2007)? Ciertamente las respuestas a estas preguntas dependen de los campos específicos de producción artística, sin embargo, se percibe una creciente expansión del lenguaje del marketing dentro de la toma de decisiones de políticas culturales. Conceptos como prosumidorcrowfunding, por ejemplo, operan homologando las dinámicas de producción, circulación y consumo de bienes culturales con la de otras áreas de la economía y al hacerlo muchas veces contribuyen a invisibilizar las particularidades asociadas a la producción, distribución y consumo de bienes culturales.

Quizás una de las interrogantes de mayor relevancia consiste en la adopción relativamente acrítica de la categoría de consumidor dentro de los circuitos de producción e implementación de políticas culturales. En el marco de la cultura del consumo, “el consumidor” se ha transformado hoy en una de las principales categorías a partir de las cuales se definen relaciones sociales. ¿Qué implicancias tiene pensar las lógicas de recepción en términos de consumo y consumidores? ¿Son las audiencias consumidores? ¿Y si fuera así, qué implicancias tiene movilizar esta categoría? ¿Qué tipo de antropología y concepción de la cultura subyace al uso de esta categoría? Una de las consecuencias, por ejemplo, tiene que ver con el concepto de elección individual implícita en el uso de la lógica del consumidor. ¿Están o debieran estar siempre los procesos de consumo cultural vinculados a lógicas de elección-maximización de utilidades? Todas estas preguntas apuntan a pensar de qué forma la lógicas originales de la producción cultural son afectadas, tensionadas o redefinidas por la cultura propia de los mercados.

Conclusión

En este breve ensayo me he propuesto repensar la relación entre economía y cultura. Esto a la luz de la reflexión que ofrecen la sociología de la cultura y la sociología económica. He expuesto, en este contexto, tres caminos distintos, los cuales coinciden en hacer problemática la conexión entre estos dos ámbitos. En primer lugar presenté el argumento (clásico) que conceptualiza la economía y la cultura como ámbitos opuestos. En este marco, propuse actualizar esta mirada incorporando el reciente interés de la sociología por pensar los efectos de la economía neoclásica en la producción no solo de objetos y procesos económicos, sino también de políticas públicas en cultura. En segundo lugar, examiné una forma de conectar cultura y economía en la cual estos no aparecen como campos antagónicos sino complementarios. En esta visión, el campo cultural, en cuanto espacio natural de la creatividad es situado a la vanguardia del crecimiento económico; la cultura sería un buen negocio, recurso central para alcanzar objetivo de desarrollo económico. Desde este marco examiné críticamente conceptos como industrias creativas, particularmente la forma en que vuelven problemáticos los límites del campo cultural, así como los objetivos de políticas públicas en este ámbito. Finalmente, sugerí una tercera versión en la cual los mercados (y en general la economía) son entendidos como un espacio de producción cultural. Examiné desde aquí cómo el despliegue de la cultura del consumo tiene consecuencias directas en cómo se define y actúa el campo cultural. Un aspecto centra acá remite a la extensión de la categoría de consumidor como forma de pensar y definir la relación entre ciudadanía y la cultura.

En cada uno de estos ámbitos, más que respuestas o potenciales caminos a seguir, lo que surgen son preguntas acerca de cuáles son las consecuencias que subyacen a las distintas formas de plantear las conexiones entre economía y cultura. Casi todas estas preguntas avanzan en la línea de hacer visibles las implicancias a nivel político, técnico y normativo que hay detrás de la adopción, generalmente arreflexiva, de conceptos, dispositivos y/o diagnósticos que vienen de ámbitos distintos al campo de la cultura. Ciertamente, no se trata acá de reificar la especificidad de lo cultural, sino de promover mayores niveles de reflexividad acerca de la forma en que se piensan las políticas culturales, sobre todo en relación con el ámbito económico. Se trata, dicho de otro modo, de intentar complejizar y no simplificar el debate acerca de lo que entendemos y queremos promover como cultura.

Una intención central de este breve ensayo ha sido discutir la creciente centralidad que la economía y, en general, los saberes del mundo económico (como disciplina y dispositivo de intervención) juegan en la definición e implementación cotidiana de políticas en el ámbito de la cultura. Es importante en este marco indagar críticamente sobre la forma en que el lenguaje y los dispositivos propios de la economía y disciplinas afines contribuyen a producir y visibilizar definiciones particulares de lo que es el campo cultural y las políticas culturales (y al hacerlo favorecen invisibilizar versiones alternativas). Quizás un camino fructífero para desarrollar esta tarea de desarme consiste en estudiar empíricamente a las operaciones cotidianas asociadas al diseño e implementación de políticas culturales, buscando examinar y hacer visibles los supuestos y formas de operación existentes en cada ellas. OC

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[1] Entendemos ampliamente por campo cultural el ámbito de la producción, difusión y consumo de las expresiones y objetos artísticos y culturales.

[2] Entendemos el concepto de economización como el proceso por medio del cual ciertas acciones, dispositivos y descripciones del mundo social son definidas y valoradas en cuanto entidades “económicas” (Çalişkan, K. y Callon, M., 2009).

 [3] Esta discusión sobre la relación entre desarrollo y cultura está hoy en el centro del debate de organismos internacionales en donde la cultura se ha se está conceptualizando crecientemente como un pilar para potenciar el desarrollo. Los planteamientos de la UNESCO fueron recientemente retomados en la 6ª Cumbre Mundial de las Artes y la Cultura realizada en Santiago de Chile (ver documento de discusión de la 6ª Cumbre Mundial de las Artes y la Cultura). Cabría preguntarse, sin embargo, hasta qué punto conceptos como el de industrias creativas no implican priorizar la dimensión económica de la contribución de la cultura a los procesos de desarrollo por sobre otros aspectos.

 [4] Como se podrá notar, esta tercera forma de conectar cultura y economía no remite necesariamente al espacio de las actividades artísticas, toma un concepto de cultura más amplio entendido como el conjunto de significados y valores que constituyen la vida social.

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REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

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Boltanski, L. y L. Thévenot, L. (2006): On Justification: Economies of Worth, New Yersey, Princeton University Press.

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