OC 12 – Reseña Bibliográfica


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Septiembre 2012

El viraje ético de la estética y la política. Jacques Rancière

Por Jorge Moreno Frias

“(…) Se plantea la necesidad de que la política debiera hoy conjugar el disenso, es decir, la tarea de la política es acercar al otro, al subalterno, al excluido portador de un derecho no reconocido o testigo de la injusticia del derecho existente”

 

Licenciado en Estética e Historia de la Pontificia Universidad Católica de Chile y Magíster en Gestión Cultural en el Royal College de Londres. Candidato a Magíster en Teoría e Historia del Arte de la Universidad de Chile, y Estudios Culturales de la Universidad Arcis. Ha realizado docencia en las Universidades de Chile, Finis Terrae, Mayor y Academia de Humanismo Cristiano. Es asesor en Gestión Cultural del Gabinete del Ministro en el Consejo Nacional de la Cultura y las Artes.

 

El viraje ético de la estética y la política es el nombre de la publicación de la conferencia dictada por Jacques Rancière el año 2005 en la Universidad ARCIS. Dicha publicación y conferencia sirven para profundizar el pensamiento de este autor –ya reseñado en esta publicación por Cristóbal Bianchi–, al abordar el texto “El espectador emancipado”. Es pertinente volver a reseñar a Rancière dado que los temas que trata, la estética y la política, son dos importantes conceptos que se desplazan en el campo de la cultura.

Ranciére precisa que el término de ética generalmente se presta para equívocos cuando se asume como una instancia de normatividad que juzgaría la validez de prácticas y discursos, pero que incluso actualmente no se da. La ética es la disolución de la moral en el hecho “significa la estadía y la manera de ser” por lo tanto “el pensamiento que establece la identidad entre un entorno, una manera de ser, y un principio de acción” (p.22). Esto último es lo que hoy impone la ética con un desfase creciente entre el hecho y la ley que repercute en “una dramaturgia inédita del mal y de la reparación infinita” (p.22). Para ejemplificar este desfase, el autor utiliza dos filmes Dogville de Lars Von Trier y Mystic River de Clint Eastwood, en los que se manifiesta la distancia de la moral y del derecho. Dicha distancia se llama política.

La política conjuga estas dos realidades para establecer el viraje de la ética: del derecho al hecho por el consenso de la comunidad. La comunidad política despolitizada es así tendencialmente transformada en comunidad ética, de esta forma el disenso no es parte de la ética, el disenso está excluido de ella, no tiene estatuto, el consenso no deja espacio para los pueblos-otros, el disenso es violencia y se castiga con la violencia humanista necesaria para mantener el orden, exorcizando el trauma, que políticamente no es más que el terror; con esta clave entonces se puede entender la política de George W. Bush: “Solo la justicia infinita es apropiada a la lucha contra el eje del mal”. Justicia consensuada que se ubica por sobre toda regla de derecho “que no se detendrá jamás o que se detendrá cuando haya cesado el terror” (p.27). Así la ética ha instaurado su reino bajo dos formas, lo humanitario y la justicia infinita ejercida contra el eje del mal.

Sin decirlo explícitamente, se plantea la necesidad de que la política debiera hoy conjugar el disenso, es decir, la tarea de la política es acercar al otro, al subalterno, al excluido portador de un derecho no reconocido o testigo de la injusticia del derecho existente. Por otra parte, para Ranciére, el análisis de Giorgio Agamben, resume pedagógicamente este viraje ético de la política, cuando plantea la noción de los estados de excepción que rompen todo estado de derecho e indiferencia, verdugos y víctimas.

Este estado tendencial del viraje ético, define también el estado del arte y de la reflexión estética. Treinta años atrás el disenso, como dispositivo crítico, introducía sistemáticamente objetos e imágenes profanos en el campo del arte como una forma de cuestionar el lugar del arte y de sus instituciones en ese mundo conflictivo. Hoy, por el contrario, el arte y la reflexión estética están marcados por las categorías del consenso donde se trata de devolver el sentido perdido de un mundo común o reparar las fallas del lazo social, el denominado arte relacional que busca crear situaciones de proximidad.
Lo irrepresentable es, a juicio de Ranciére, la categoría central del viraje ético en la estética, así como el terror lo es en el plano de la política, lo irrepresentable también es una categoría de indistinción entre el derecho y el hecho, toda vez que se confunden dos nociones: una imposibilidad y una prohibición. Lo irrepresentable no puede ser excusa que encubra una prohibición, no puede significar la imposibilidad de ficcionar, “el problema no es saber si se puede o se debe o no representar, sino qué se quiere representar y qué modo de representación se elige para ese fin” (p.41). Desde esta óptica es posible entonces mostrar la exterminación de los judíos, a través de la representación sin mostrar las cámaras de gas.
La modernidad artística aloja lo prohibido en lo imposible, haciendo del arte un arte constitutivamente dedicado al testimonio de lo irrepresentable, acogiendo para esto la operación que incluye como clave el concepto de lo sublime kantiano, es decir, la experiencia de una incapacidad de la imaginación para ponerse a la medida de un sensible de excepción.

La tarea de las vanguardias fue testimoniar que existía lo impresentable a través de la tensión de un arte de la proximidad y un arte testimonio; sin embargo, esta tensión ética se desvanece, al igual que el desvanecimiento de la tensión política de derecho y de hecho en el consenso. Visto así, según Ranciere, “el discurso ético contemporáneo no es más que el sitio de honor que se le da hoy a las nuevas formas de la dominación” (p.49).

Finalmente, el autor llama viraje ético, no solo al simple apaciguamiento de los disensos de la política y del arte en el orden consensual, sino más bien a la forma extrema que toma la voluntad de absolutizar esos disensos. Para salir de esta configuración ética de hoy, lo que se precisa es devolver a su diferencia las invenciones de la política y del arte, es decir, devolver a esas invenciones de la política y del arte su carácter de cortes siempre ambiguos, precarios y litigiosos, alejados del trauma original del terror, o la salvación. OC

REFERENCIA
Rancière, Jacques (2005): El viraje ético de la estética y la política, Edición Palidonia, Santiago de Chile.

*Para leer la conferencia completa haga click aquí:
http://www.mxfractal.org/JacquesRanciere.html

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