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Lectores y bibliotecas: desencuentros, desajustes y emergencias

Por René Jara R.

*Doctorante en Ciencia Política, Université de Grenoble. Magíster en Ciencia Política Instituto de Asuntos Públicos, Universidad de Chile

 

Ante el futuro, un discurso parece unir el destino de bibliotecas, libros y lectura: el declive. Tanto el avenir del libro y de quien fuera uno de sus espacios de inscripción por excelencia, la biblioteca, parecieran tener los días contados. La baja sostenida en los índices de lectura, pero sobre todo, la relativa estabilización tanto del tamaño como de las características del público lector (segmentado, minoritario, elitista) aparecen a estas alturas como evidencias irrefutables del análisis[1].

Pero si este inmovilismo de los indicadores nos resulta incómodo, no es necesariamente por su falsedad. Es justamente por los numerosos esfuerzos hechos para revertir esta situación que nos queda la sensación amarga de estar haciendo muy poco para detener esta caída libre.

Frente a la paradoja de esfuerzos múltiples por democratizar el mundo de la cultura que no se reflejan en los números[2], es legítimo preguntarse por la pertinencia de los instrumentos por medio de los cuales se intenta dar cuenta de la lectura como práctica cultural. En la medida en que los estudios reproducen asociaciones tradicionales del tipo libro-lectura-biblioteca, se alejan, a nuestro juicio, de los escenarios reales en los cuales sucede la práctica lectora hoy. Obsolescencia de las categorías de análisis, imposibilidad de observar el surgimiento de nuevas configuraciones del hábito lector, lo cierto es que resulta fundamental estudiar en el detalle las conclusiones gruesas que de estos estudios se extraen.

En lo que sigue, intentamos entregar algunas pistas sobre las relaciones que se establecen entre lectura y bibliotecas, intentando explicar cómo este desajuste entre instrumento de medición y práctica se manifiesta de manera problemática en el informe estadístico elaborado por el departamento de estudios del CNCA, guardando cuidado de no suponer que los datos de la encuesta y el anuario no son del todo compatibles[3]. A partir de estos análisis, buscamos proyectar algunas intuiciones, en cualquier caso preliminares, sobre la situación del libro y la lectura en Chile, así como de los nuevos desafíos para la investigación en este campo.

 

Una mirada a las cifras

Partiendo de la evidencia reunida[4], podemos destacar, en primer lugar, el extraño desajuste que existe entre el universo de entrevistados que se declara lector y el número de entre ellos que dice no asistir a las bibliotecas (40%). En concreto, esta observación nos aclara que, entre quienes se dicen lectores, no es un requisito leer en estos espacios. Sin embargo, el número de estos establecimientos parece haber aumentado en los últimos años. Si consideramos los datos recolectados entre 2007 y 2009 en los Anuarios de Cultura editados por el INE, habría cada vez más bibliotecas, pero estas estarían aún fuertemente concentradas en la zona centro del país, en detrimento de los territorios más extremos.

 

 

 

Entre quienes declaran asistir a la biblioteca, la distribución por estratos socioeconómicos parece estar marcada por la valoración social que los individuos dan a la visita a un establecimiento de ese tipo. Al igual que en el caso de las encuestas sobre hábito lector, los entrevistados se ven enfrentados a una pregunta de origen: de eso que leo, qué merece ser declarado como lectura[5], o en esta versión, qué de lo que hago en la biblioteca debo considerar una visita. Sin embargo, y pese a la marcada desigualdad que subsiste en Chile respecto al acceso a los bienes culturales según el estrato socioeconómico de pertenencia, es posible que la escolarización y la masificación de los estudios universitarios hayan promovido un cierto eclecticismo[6]cultural que, en cualquier caso, no es posible descubrir a partir de esta agregación de los datos.

Sorprende que el segmento etario de 60 años en adelante sea el menos lector, pese a que son los individuos que contarían supuestamente con una mayor disponibilidad horaria. Esto echaría por tierra un sentido común muy arraigado que afirma que antes se leía más que ahora, al menos en lo que respecta al uso de bibliotecas. Al mismo tiempo, permite constatar que en relación con los más jóvenes, los segmentos de más edad tendrían menos arraigado el hábito de visitar una biblioteca.

Entre los indicadores de medición de la actividad en el interior de la biblioteca, la evolución del número de usuarios “registrados” muestra ciertos rasgos de interés. En primer lugar, se observa un desequilibrio entre el aumento exponencial del número de usuarios del programa BiblioRedes entre el 2007 y el 2009, frente a la inmovilidad del número de usuarios registrados en las otras bibliotecas. Una diferencia tan grande se explica, en nuestra opinión, en el buen matrimonio entre las TIC y las bibliotecas, el cual habría facilitado el acceso a los servicios bibliotecarios, así como su integración en un sistema nacional de bibliotecas. Por otro lado, la estadística no nos entrega detalles sobre la renovación o eliminación del material, ni de cómo se traducen en concreto las políticas de adquisición. Para este efecto, es necesario que la adquisición de nuevos volúmenes se compare con algo –otro país, otro tipo de biblioteca, por períodos de años más largos– con el fin de que este número nos haga realmente sentido.

 

 

En el campo de los nuevos servicios prestados por las bibliotecas, tenemos un dato interesante: el número de sesiones de conexión a internet abiertas en ellas y el de consultas a sitios de la DIBAM. El primero puede resultar fuertemente engañoso, demasiado grueso digamos, pues no mide los usuarios reales; para esto, es necesario saber quiénes y cuántas veces por semana o por mes utilizan la conexión internet en bibliotecas. Será comprensible que mientras más se incremente el acceso a internet en los hogares chilenos, estos índices de conectividad vía bibliotecas se estanquen e incluso disminuyan. Una situación similar se puede esperar del número de consultas hechas a los sitios de la DIBAM, es decir, las visitas a sus sitios. Este indicador, en ningún caso evidente, debería ser tomado con precaución, en la medida en que no tenemos antecedentes que nos permitan interpretar la sostenida baja que se produce entre el 2007 y el 2009.

Examinemos, por último, el indicador préstamos. Como práctica cultural, el préstamo es una actividad clave sobre la cual gira una parte no menor del trabajo bibliotecario. En términos generales, dos categorías han sido utilizadas para medirlo: los préstamos a domicilio y las consultas en sala. A juzgar por los datos, la primera modalidad estaría arraigada en el tramo de entre 21 y 65 años, mientras que entre los 0 y los 20 años los números hablan de un declive de la práctica. Respecto al préstamo en sala, es curioso constatar su casi desaparición tanto estadística como real. Desde el 2007 [7], este indicador fue suprimido por considerarse “no confiable”. Pero en lo concreto, la baja de la consulta en sala, sumada al 40% de quienes se declaran lectores pero no asisten a la biblioteca pública, serían los signos de una (re)privatización de la práctica de lectura[8].

Bibliotecas y lectores en tránsito…

Como ya hemos dicho en otra publicación[9], existen buenas razones para pensar que nuestro aparataje conceptual para pensar la lectura necesita una potente puesta a punto. Esta operación tendría como fin principal desplazar ciertas concepciones clásicas de la biblioteca, el libro y la lectura a partir de dos grandes movimientos. El primero consistiría en el ajuste metodológico de los instrumentos con los cuales se intenta medir las prácticas de lectura; el segundo buscaría integrar ciertos elementos emergentes, que ya se manifiestan en el campo, con el objetivo de poder prever su efecto en futuras mediciones.

Dentro de los ajustes necesarios, resulta imperativo revenir sobre los supuestos, las categorías de análisis y las prácticas efectivas de lectura. Incluso considerando el proceso emergente de estandarización de las estadísticas de cultura[10], no es contradictorio preguntarse por ciertos supuestos que han estado en la base de este tipo de estudios. Por ejemplo, respecto a la exclusión de la población infantil como objeto de estudio[11], cuestión que ha dejado al margen el estudio de los primeros años de socialización lectora. Al mismo tiempo, el uso de categorías demasiado genéricas también debería ser interrogado. En efecto, el uso de estos conceptos demasiado gruesos informa bien poco acerca del significado real de cada práctica cultural que se busca estudiar. Es el caso de la categoría bibliotecas. Habría que interrogarse sobre qué tienen en común una biblioteca universitaria, un centro de documentación y una biblioteca pública. Este uso general de la categoría invisibiliza diferencias sustanciales. Otras variables como las edades de vida, los usos, el género, la época del año, el tiempo dedicado a la lectura y la representación territorial pueden, incluso con los datos con que se cuenta hoy, ser exploradas más en detalle, evitando reproducir ciertas representaciones que rozan en el sentido común (del tipo centro-periferia, por ejemplo) y contribuyendo a generar información sobre el empleo del tiempo libre y/o las variables que explican el consumo cultural.

Del lado de los procesos emergentes, un lugar mayor lo ocupa la reunión de lectura e internet. Este aterrizaje de lo digital en las prácticas culturales ha hecho casi desaparecer el marco sobre el cual se entendía la función de la lectura en la sociedad. Se han creado nuevas prácticas de lectura a partir de la inserción de lo digital en varios campos (la literatura, pero mucho más notablemente, en la prensa). Estas cuestiones, que están muy lejos de ser cambios solo en el soporte, interactúan con nuevos tipos de lectores con más años de estudio, con mayor acceso a bienes culturales diversos y que, pese a no declararse “lectores de libros”, entablan múltiples hábitos con lo escrito: leyendo diarios, participando en foros en internet, tomando apuntes, leyendo textos escolares, etcétera.

¿Cómo se reflejan estos cambios en el campo de las bibliotecas y la difusión del conocimiento en general? De muchas formas, muchas de ellas todavía poco estudiadas. En un futuro cercano, dos procesos emergentes pueden impactar de manera positiva al uso que los lectores hacen de nuestras bibliotecas. La automatización creciente de los servicios prestados por las bibliotecas, más allá de facilitar la creación de indicadores de desempeño, contribuirá a derribar ciertas barreras simbólicas de acceso a la lectura, aproximando de esta forma las bibliotecas a los lectores. Por otro lado, la función que cumple la biblioteca, sobre todo desde el arribo de la sociedad del conocimiento, se ha extendido hacia nuevos campos: el audiovisual, el acceso a internet, a colecciones u otros recursos electrónicos. Esto obliga a ampliar el campo de análisis gracias a nuevos estudios que examinen con fineza la multitud y diversidad de usos que se articulan en torno a nuestras bibliotecas.

 

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[1] El último reporte de la Fundación La Fuente reafirma esta tendencia. Ver en: Fundación Educacional y Cultural La Fuente/ Adimark GFK, Chile y los libros, 2010, Santiago de Chile. Disponible en: http://www.fundacionlafuente.cl/documentos/2010/11/chile-y-los-libros-2010/ (consultado el 28 de octubre de 2011).

[2] En el caso francés, las sucesivas encuestas sobre prácticas culturales que se aplican desde los años setenta develaron una paradoja similar durante los noventa. Pese a los múltiples esfuerzos que se hicieron en los ochenta para democratizar la cultura, los indicadores de acceso se mostraban inalterables. Los resultados de las encuestas en cuestión en: Donnat Olivier, Nouvelle enquête sur les pratiques culturelles des français en 1989. Ministère de la Culture et de la Communication, Département des études et de la prospective, La Documentation Françaises, 1990 y en Donnat Olivier, Les pratiques culturelles des Français, Enquête 1997. Ministère de la Culture et de la Communication, Département des études et de la prospective. La Documentation Française, Paris, 1998.

[3] En principio, los datos que recolectan los Anuarios y las Encuestas son de diferente naturaleza. En el primer caso se trata de antecedentes recogidos por la propia administración sobre indicadores fuertemente objetivados. En el segundo, se trata de declaraciones. Considerando esta diferencia, es posible cruzar y complementar la información de ambos estudios, pero de forma controlada.

[4] Nos hemos centrado en el boletín “Bibliotecas” editado por el CNCA el presente año. Para una revisión exhaustiva, ver la Encuesta Nacional de Participación y Consumo Cultural (ENPCC) en su versión 2009 y 2010, el Anuario de Cultura y Medios de Comunicación del INE (1997-2002), que luego pasa a llamarse Anuario de Cultura y Tiempo Libre (2003-2004) e Informe anual Cultura y Tiempo Libre, a cargo del INE y el CNCA (2005-2009).

[5] Pienso aquí en el diálogo que sostienen Pierre Bourdieu y Roger Chartier en: «La lecture: Un pratique culturelle: Dialogue Pierre Bourdieu et Roger Chartier», En: Chartier, Roger (Sous la direction): Pratiques de la lecture. Editions Rivage, Marseille, 1985, p.23

[6] El llamado «eclecticismo cultural» se refiere al consumo cruzado de bienes y prácticas culturales que, a primera vista, reenvian a una otra clase social. El tema es tratado en: Donnat Olivier, Les français face à la cultura. De l’exclusion à l’éclecticisme. Editions la découverte, 1994. Lahire Bernard, La cultures des individus. Dissonances culturelles et distinction de soi. Editions la découverte, 2004.

[7] Informe Anual Cultura y Tiempo Libre 2008, Instituto Nacional de Estadísticas, 6 noviembre de 2009, Santiago, p.55.

[8] En efecto, nosotros consideramos que la lectura que se da en una biblioteca pública, por el marco y el valor simbólico que estas encarnan, constituye una práctica pública en sí misma, aun cuando el acto de lectura reste siempre un ejercicio personal. Para nuestra idea de lo público, ver el primer capítulo de la obra de Richard Sennett: El declive del hombre Público. Ediciones La Península, Barcelona, 1978.

[9] Eduardo Peñafiel, René Jara (2011): «Para hacer leer. Comentarios, prácticas y figuras del lector en diarios digitales. Lectura». Mapocho, Nro.69, DIBAM, Santiago de Chile, pp. 47-69.

[10] Pienso aquí en los procesos que desde hace un tiempo impulsan la UNESCO y la International Federation of Library Association (IFLA). Sus recomendaciones y trabajo en torno del tema están disponibles en el vínculo: http://www.ifla.org

[11] Yo pienso aquí en dos trabajos recientes que han abordado el estudio de la lectura y de las prácticas culturales en general. Octobre Sylvie, Enfance et culture. Transmission, appropiation et répresentation. Paris, Ministère de la Culture et de la Communication, La Documentation française, 2010 et Octobre Sylvie, Détrez Christine, Mercklé Pierre, Berthomier Nathalie, L’Enfance des loisirs. Trajectoires communes et parcours individuels de la fin de l’enfance à la grande adolescence, Paris, Ministère de la Culture et de la Communication, La Documentation française, 2010.

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