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Diciembre 2011

Radio, acceso, representación y participación

Por María Eugenia Domínguez S.

PhD. en Comunicación Universidad de Montreal, Directora de Pregrado del Instituto de la Comunicación e Imagen, Universidad de Chile

 

El Reporte estadístico nº 17, sobre televisión, radio y prensa, establece importantes pistas respecto de los resultados de la Segunda Encuesta Nacional de Participación y Consumo Cultural (2009), para el análisis del acceso, consumo y recepción de los medios de comunicación en nuestro país.

Un aspecto relevante de sus resultados es que, en Chile, el acceso a los medios de comunicación muestra tendencias similares a lo reflejado por las encuestas de consumo de medios en los países desarrollados. Esto es la extensión de la cobertura televisiva y el sitial preferente de este medio en las prácticas culturales de los públicos, así como de la escucha radial en comparación con la lectura de medios impresos. Del mismo modo es relevante, particularmente entre los menores de 35 años, la consolidación de internet como medio de información y esparcimiento.
En términos específicos, se constata también que el acceso y consumo de la prensa escrita y revistas se concentra en los sectores de mayores ingresos y en los tramos de edad comprendidos entre los 30 y los 59 años (ver Gráfico 1 y Gráfico 2). En seguida, es posible observar importantes diferencias en este aspecto por sexo y por región. El aumento relativo en el acceso a estos medios entre los años 2005 y 2009, de acuerdo al reporte, permite pensar en una posible influencia del aumento de las consultas por internet y de las modalidades gratuitas de acceso a los diarios y revistas.

Siguiendo con estos resultados, constatamos que la televisión y la radio son los más extendidos y los menos elitistas entre los medios de comunicación. Ahora bien, las tendencias que emergen de la comparación entre los años 2005 y 2009 merecen ser observadas con cierto detenimiento. En efecto, si bien los niveles de acceso semanales a la televisión se mantienen (de 99,5% en 2005 a 98,6% en 2009), se registra sin embargo una caída muy significativa entre quienes ven televisión de manera cotidiana (de 91,5% a 78,6%). En el caso de la radio, por el contrario, el acceso cotidiano aumenta de un 43,5% a un 64,9% (ver Gráfico 3).

La radio es también el segundo medio en importancia para ambos sexos en todos los niveles socioeconómicos y tramos de edad (11,6% para noticias y 6,1% para programas de opinión). Y constituye, en los segmentos D y E, el medio privilegiado a la hora de acceder a la información. A ello podemos agregar los resultados de diversos estudios que indican que las audiencias le atribuyen altos niveles de credibilidad y pluralidad respecto de otros medios tradicionales.

Estos resultados abren, al menos, dos líneas de preguntas que remiten, primero, a la diversidad y pluralidad de los contenidos informacionales y estéticos disponibles tanto en la radio como en la televisión y la percepción de estos contenidos por parte de las audiencias, indicadores fundamentales de los modos de representación y construcción cultural, de los mundos imaginables, de la distribución del capital cultural, de la calidad de la vida colectiva, del espacio público y, por cierto, de la democracia. En seguida, remiten, como bien señala Jesús Martín Barbero (2006), a pensar nuevamente las modalidades de recepción y de los usos sociales de los medios, su valoración, las lecturas y, con ellas, las gramáticas de producción de sentidos.

Sin duda, en relación con estas preguntas, la televisión ha sido un objeto privilegiado de investigación. En efecto, desde distintos espacios académicos y gubernamentales, los estudios sobre este medio cuentan ya con una trayectoria pronta a alcanzar las tres décadas. No obstante, raras son aún las investigaciones, al menos en Chile, referidas al segundo medio en importancia en cuanto a las preferencias y acceso cotidiano de las personas: la radio.

La radio, un terreno olvidado

Si exceptuamos los estudios comandados por la industria y las escasas investigaciones respecto de la radio comunitaria, podemos hablar, efectivamente, de que, al menos en nuestro país, estamos frente a un terreno postergado.

En relación con la radio, pueden establecerse otras tres constataciones importantes:

1. En los estudios sobre comunicación y medios la televisión constituye el elemento emergente de mayor masividad y, en los estudios cruzados, es el triángulo televisión-cine-prensa el que concita mayor interés.

2. La radio, especialmente en las investigaciones académicas contemporáneas, es abordada fundamentalmente desde su dimensión histórica. Esto permite presuponer, especialmente en el imaginario de la investigación académica, que la radio se percibiría como un medio que pertenecería, ya, al pasado.

3. Salvo excepciones, las investigaciones aplicadas sobre la radio refieren a los hábitos y preferencias de las audiencias, desempeños técnicos y a las dimensiones político-jurídicas de la legislación actual.

Ahora bien, ¿cuáles podrían ser las explicaciones teórico-metodológicas de esta postergación? Además de la hegemonía de las investigaciones sobre prensa escrita y televisión, un primer orden de dificultades se relaciona con la falta de disponibilidad o carencia de archivos. Una escasez que se vincula a la esencia misma del medio: su relación con el tiempo. Es, en este sentido, una dificultad para analizar, por ejemplo, las estéticas de la radio, más allá del análisis de sus dimensiones socio-políticas, autorizadas por el conocimiento del género periodístico. O bien, los modos de recepción y apropiación de sus contenidos por parte de sus audiencias, donde la proximidad del objeto, su articulación fuerte con la identidad individual y colectiva y, por ende, con la memoria de la audiencia radiofónica es “una experiencia no acabada” y donde “no hay memoria sobre el medio que no contenga también el presente, que no esté marcada por él” (Mata, 1991). Siguiendo estos ejemplos, investigar estas dimensiones permitiría pensar también la radio como espacio antropológico, relacional y de construcción identitaria, estableciendo patrones de continuidad y cambios desde una perspectiva histórica.

Así, podemos suponer que la radio queda en las sombras por su aparente “naturalidad” y, en seguida, porque es percibida como un medio de flujo que no dejará huella, es decir, “obra”. Naturalidad en tanto, a diferencia de la televisión, la radio se despliega, acompañando al usuario, desde un espacio exclusivamente auditivo y en una relación temporal, en apariencia contradictoria, tanto en el plano de la emisión como en el de la recepción (Schaeffer, 1970). En efecto, la radio se “adapta” al tiempo del auditor y construye una relación original entre tiempo y contenido, desarrollando así una doble estrategia: situar la emisión en el tiempo (recordar la hora, por ejemplo en los segmentos noticiosos) y acompañar haciendo olvidar el tiempo (música o conversación).

La radio y el espacio público hoy

Más allá de estas constataciones y dificultades, lo cierto es que, desde el polo de la producción, la radio –sea esta comercial o comunitaria– ha experimentado una importante expansión en las dos últimas décadas. En el caso de la radio comunitaria, observamos la construcción por parte de las minorías de los derechos a expresarse, cultivar sus identidades y darse a conocer. En la radio comercial, este desarrollo se ha expresado, por una parte, en la transición a la radio digital y, por otra, en una fuerte propagación de las cadenas radiales a nivel nacional y la adquisición de señales y emisoras por parte de conglomerados transnacionales.

En el caso de la radio comercial ello nos lleva a preguntarnos respecto de las especificidades del espacio sonoro en Chile y sus consecuencias políticas y culturales.

En efecto, la intensa disputa por los mercados y la fragmentación del medio ha llevado, desde hace veinte años, a una oposición progresiva entre dos tipos de radio: la generalista, que reposa sobre una parrilla programática semanal y cambios de programas según días y horas; y radios temáticas de flujo continuo, que reposan sobre módulos horarios y despliegan una gama de géneros muy limitada e incluso se abren al arriendo de espacios horarios. Esta última modalidad aparece, en términos de la economía de la producción, como la forma ideal de la radio contemporánea y afirma una tendencia dominante en la evolución de los medios. En ambos modelos, una vez más, la relación con el tiempo es una característica distintiva: es decir, el tiempo actual o vivido para la radio generalista y el tiempo en suspensión para la radio temática. Estos abren también dos tipos de púbicos: en el primero, el tiempo expresa una audiencia múltiple que se constituye en un espacio posible de expresión de temas públicos o privados; para el segundo, un acompañamiento, con un mismo tipo de música o de programación y donde el tiempo se vive como una exterioridad.

No obstante, es la radio “de programas”, la del “tiempo vivido”, la que aún encabeza los estudios sobre audiencias[1]. En efecto, según el estudio realizado por la Asociación de Radiodifusores de Chile, en las regiones observadas, dos tercios de las personas se inclinan por este tipo de emisoras y, en particular, prefieren la radio local y la privilegian a la hora de informarse[2].

Ello, sostenemos, se apoya de manera sustantiva en dos aspectos:

El primero reside en la relación histórica tejida entre la radio y la población en la formación y difusión de la cultura popular y, desde los años sesenta hasta 1973, en la constitución de un sistema de comunicaciones abierto a todos los sectores de opinión que estuvo enmarcado en la progresiva democratización del orden comunicativo. Luego, en la década de los ochenta, el rol jugado por ciertas radioemisoras en la ruptura de los cercos informacionales. Finalmente, su capacidad de acompañamiento en momentos como, por ejemplo, el terremoto del 2010.

En segundo término, reposa sobre la posibilidad de intervención de los auditores, en particular, en los noticieros y los programas donde se combina recreación y servicio público. En ellos la producción de información relevante considera de manera fundamental el “desde” y el “para” los auditores. En este sentido, aun cuando en la radio comercial –como en cualquier otro medio de comunicación de este tipo– los públicos no pueden definir las condiciones de producción del discurso, la interacción o la participación que la naturaleza del espacio/formato abre constituye una suerte de intersección entre el espacio público y el privado, entre lo íntimo y el reconocimiento mutuo (Glevarec, 2003).

En otras palabras, más allá de la asimetría de la relación entre medios de comunicación tradicionales y ciudadanía, más allá incluso de las estrategias mediáticas, publicitarias y las puestas en escena que suponen los distintos formatos con el fin de estimular esa participación, la posibilidad de incidir o incluso de establecer una agenda pareciera ser percibida como una alternativa válida de expresión de los públicos constituidos, mediante la expresión por parte de los ciudadanos, de sus opiniones y necesidades.

La credibilidad que, de acuerdo a los distintos estudios, ofrece este medio aparece entonces relacionada de una manera sustantiva con su carácter de foro público y de expresión de experiencias y necesidades individuales o colectivas. Probablemente, también esta credibilidad reposa sobre el aprendizaje que los ciudadanos tienen de sus formatos, de sus posibilidades de intervención y, como bien señala Rosalía Winocur (2000), de las condiciones y circunstancias de la creación de una noticia o de una intervención de interés para un programa específico. Es decir, como precisó Carlos Monsiváis (1981), “los métodos en que colectividades sin poder político ni representación social asimilan los ofrecimientos a su alcance”.

Desde esta perspectiva, si comparamos con las posibilidades de la televisión y más aún, con la fragmentación de sus públicos, la radio generalista juega un rol relevante en la incorporación de la población al debate informativo, en la socialización del interés público más allá de las necesidades de consumos fragmentados y, en esa medida, reduce la exclusión cultural e informacional. Por ello resulta vital en la comprensión de las esferas públicas locales y nacionales, así como en la construcción del espacio público, entendido como lugar significativo de intercambio y socialización de experiencias individuales y colectivas de distinto nivel.

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[1] Ver “Adimark Estudio Mapa Socioeconómico de Chile (Censo 2002) e “Ipsos Chile, Estudio de Audiencia Total Regiones 2º semestre 2009, y Santiago 2º semestre 2009”.

[2] “Emociones y radioescuchas”, informe preparado para la Asociación de Radiodifusores de Chile, Santiago, 18 de enero de 2006.

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Bibliografía

Asociación de Radiodifusores de Chile (2006). La radio, emociones que venden. Santiago: ARCHI A.G.

Martín Barbero, Jesús (2006). “Recepción de medios y consumo cultural”, en Guillermo Sunkel (comp.) El consumo cultural en América Latina: construcción teórica y líneas de investigación. Bogotá: Convenio Andrés Bello.

Mata, María Cristina (1991). “Radio: memorias de la recepción. Aproximaciones a la identidad de los sectores populares” en: Diálogos Nº 30, Lima, Felafacs.

Monsiváis, Carlos (1981). “Notas sobre el Estado, la cultura nacional y las culturas populares en México”, Cuadernos Políticos, nº 30, México: Editorial Era, octubre-diciembre de 1981, pp. 33-52.

Ricardo Paredes Quintana (2005). “Investigación multidisciplinaria Voces en el aire, apuntes para conocer la radio”, Revista Cinta de Moebio.

Schaeffer, Pierre (1970). Machines à communiquer, t.I. Genèse des simulacres, Paris, Le Seuil.

Winocur, Rosalía (2000). La participación en la radio, una posibilidad negociada de ampliación del espacio público en Diálogos de la Comunicación, Edición Nº 58, Felafacs.

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