OC 7 – Artículo 2


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Diciembre 2011

Museo y públicos: apuntes sobre una relación distante

Por Malena Bastías

Candidata a Maestra en Historia, Sociología y Estética de la Mediación Cultural, Université Sorbonne Nouvelle (París III)

 

Si durante los años noventa el foco de las políticas culturales estuvo en revigorizar el desarrollo del sector artístico mermado por la dictadura, en la última década asistimos a un cambio de énfasis que traslada las políticas públicas desde el apoyo a la producción al acento puesto en el acceso y el consumo. Para este fin, se declaró que un objetivo importante sería el de disponer de infraestructura y espacios culturales que permitan el encuentro regular entre la oferta y la demanda del arte. En esta declaración, los museos parecerían tener un rol importante.

Las cifras reportadas por la II Encuesta de Participación y Consumo Cultural 2009 sobre la asistencia a museos reflejan el itinerario de las prácticas culturales por el que han circulado los chilenos y chilenas en las últimas décadas: una prevalencia de aquellos bienes de acceso inmediato, digamos de uso “doméstico”: radio, televisión, DVD, y un menor apego por aquellos practicados fuera del hogar: exposiciones, conciertos, espectáculos en vivo, sitios patrimoniales, con la excepción del cine[1].

En esta tendencia general, la radiografía del público asistente a museos no revela grandes sorpresas: un público que se muestra invariable en cuatro años (20,8% de los encuestados declara haber asistido a lo menos una vez en el último año)[2], homogéneo entre hombres y mujeres, principalmente joven (cerca de la mitad se ubica entre los 15 y 44 años), y que representa en su mayoría a los sectores acomodados del país (39,8% de los asistentes pertenecen al nivel socioeconómico ABC1).

 

 

 

 

 

 

En las cifras señaladas destaca la existencia de una distancia importante entre los museos y las prácticas e intereses de la mayoría de los chilenos. En efecto, los asistentes pertenecen mayoritariamente al mismo reducido segmento social y etario que se observa en otros ámbitos culturales, y aquellos que no asisten, argumentan con la falta de tiempo o la ausencia de interés. Dicho de otro modo, el museo no forma parte de las prioridades de los chilenos a la hora de gozar de la cultura.

En este escenario, bien cabe preguntarse sobre la figura y el rol de estos espacios en sociedades como la nuestra, donde los medios de comunicación y sus distintos soportes convocan a la imagen inmediata y a la reflexión instantánea, y donde más aun, la brecha abismante entre grupos sociales continúa distinguiendo y separando entre los espacios de “masas” y los espacios de “elite”. Cifras como las expuestas invitan a abrir una serie de interrogantes y a reformular el debate en la política pública: ¿Un museo para qué y para quiénes? ¿Qué museo es necesario y posible? ¿Cómo puede ser en la actualidad un museo de multitudes? ¿Apelando a qué estructura, a qué funcionalidad, a qué relación con otros espacios que compiten por las audiencias?
Nos referimos a la palabra museo en singular puesto que quisiéramos ubicarla en el análisis como un concepto que traspasa la diversidad de tamaños, de contenidos y de gestión. Concepto que reúne a estos espacios en una misma categoría cultural, intentando entablar una pregunta conjunta respecto de su ubicación y función sociales. Sin duda, un museo puede ser observado desde diferentes perspectivas de acuerdo al análisis en juego: estético, económico, social, histórico. En estas líneas quisiéramos concentrarnos en su aspecto simbólico y político, como un marco posible de interpretación de las políticas y las cifras propuestas conducentes a la elaboración de otras futuras mediciones.

 

El espacio teórico

No lejos del modelo europeo, la creación de los museos públicos en Chile hizo parte de la formación y reafirmación territorial, política y cultural del país. Los tres museos denominados nacionales (Bellas Artes, Histórico Nacional e Histórico Natural) fueron inaugurados a fines del siglo XIX y principios del XX, al ritmo de las conmemoraciones del centenario de la República. En ellos fueron congregados los elementos identitarios que en el plano del arte, la historia y el patrimonio natural otorgaban densidad y visibilidad al país. El museo se identificaba entonces como una herramienta que, desde el eje cultural, aportaba en la unificación y adhesión ciudadana en torno a un patrimonio común.

Esta idea de museo plantea su relación estrecha con la memoria de una nación; memoria en tanto esfuerzo de selectividad en el olvido y la conformación de una biografía social e individual activa en sus intercambios. El museo se presenta aquí como una bisagra entre lo íntimo y lo colectivo, donde el primero reconoce en lo expuesto ciertas huellas relevantes y movilizadoras de su existencia y el segundo consensúa una narración de la trayectoria común. Es precisamente esta ubicación mediadora entre lo íntimo y lo colectivo lo que hace del museo una institución cultural a la vez que política.

La teoría permite avanzar en la idea de que el museo en tanto espacio de selección, conservación y exposición, edita y acumula la trayectoria cultural de un país, a la vez que establece una responsabilidad pública (una voz) sobre el tema que aborda.

Y esto, porque al museo es posible arrogarle al menos tres funciones: El museo valida y legitima, y lo que existe en su interior se inviste a su vez de protagonismo en la configuración simbólica y cultural de una sociedad.

Pone en escena una narración más o menos compartida y materializa la memoria del colectivo. Propone una lectura y, porque legitima, se transforma en un espacio privilegiado de producción de sentido sobre tal o cual tema; distingue, selecciona (releva y descarta), certifica y expone un conjunto de bienes y testimonios puestos a disposición de los visitantes para su apropiación simbólica.Finalmente, el museo es un espacio abierto y de carácter público que se posiciona como un lugar de referencia para debates, preguntas y conclusiones.

Estas potencialidades permiten pensar al museo como aquel espacio que otorga importancia y visibilidad a aquello que no la poseía anteriormente, o como lo plantea la antropóloga catalana Monserrat Iniesta: “(…) un lugar de memoria donde la nación se rinde homenaje a sí misma. Los nuevos museos están concebidos con el fin de que los ciudadanos comulguen en la celebración del arte de la patria, que participen en el culto en el que la nación es, a la vez, el objeto y el sujeto[3].

La cita precedente sintetiza esta breve apología del museo por sí mismo, donde su defensa se sostiene en asumir sus potencialidades y posibilidades para la auto-reflexividad de la sociedad. Sin embargo, siendo esto así, si retomamos el panorama de las prácticas culturales que iniciaron este análisis, la pregunta vuelve a instalarse en la desmotivación y en la escasa participación del público en estos espacios: ¿Dónde comienza a dibujarse la distancia entre la teoría de estos espacios y las prácticas reales de la ciudadanía?

 

El espacio práctico

Encontramos una pista a la inquietud planteada al realizar una segunda lectura del museo. En la jerga popular muchas veces se usa la expresión “una pieza de museo” para hacer referencia a objetos que se encuentran obsoletos, o que son muy apreciados, o que ya están fuera del debate vivo. A riesgo de caer en la caricatura, esta expresión nos alerta acerca de que el museo también puede ser visto como el resultado de un proceso largo de investigación y debate que culmina con la exposición, muchas veces inmóvil detrás de las vitrinas, de los hechos y los objetos; un cierre de la cultura más que una apertura a la cultura viva, en acto. Así, podríamos anotar que el museo a la vez que releva lo que expone, lo aleja y cristaliza, clausurando el recorrido de búsqueda y las pulsiones que animaron su historia. Se expone para no olvidar, pero de una cierta manera con ello también se suspende la exploración que los impulsó en sus orígenes.

Esta paradoja del museo adquiere aún más sentido en el terreno de las cifras que hemos comentado y su contexto social. En las sociedades contemporáneas –y Chile no se aleja del patrón global– la velocidad de los cambios, la posibilidad recurrente de quedarse atrás y la multiplicidad de información han inducido a una tendencia marcada a la conservación. El coleccionismo se eleva como respuesta acorde al paso veloz de los hechos. No obstante, este “exceso de memoria” no ha sido acompañado de un análisis más acabado de cómo es que la comunidad participa en la colección propuesta por el museo. Algo ocurre, para que lo que públicamente se ha decidido tenga su lugar al interior de esos espacios de arquitectura imponente, no encuentre un interés capaz de convocar a la amplia mayoría de la población chilena. El museo, en su mirada cotidiana y multitudinaria, no está siendo reconocido como un espacio que reúne y explicita lo colectivo y lo íntimo, la memoria y el porvenir. La idea de un espacio de comunión y reflejo de la ciudadanía, ha visto desvanecido su correlato práctico, profundizando el desapego del público.
Una hipótesis posible es que las políticas culturales vinculadas a estos espacios han priorizado su existencia por sobre la reflexión más profunda de su sentido y la configuración didáctica de sus exhibiciones y recorridos. Dicho de otro modo, han puesto el acento en sostener la oferta en lugar de desarrollar una demanda social amplia que, más allá del aumento de visitas circunstanciales, reconozca el valor de estos espacios y se haga parte de ellos. Parece ser que la reflexión debiera orientarse hacia las estrategias de comunicación y de “salida” del museo al encuentro de la sociedad. Se trataría de una reformulación del espacio museo, que si bien acumula y preserva la memoria y la trayectoria cultural, permanece abierto, vivo y permeable a los cambios de la sociedad que lo alberga y lo constituye.

En tanto hemos visto, el museo es un espacio exigente con su público. No es fácil entrar en él y empaparse de sus contenidos, de su lectura del pasado y su sentido en el presente. Requiere tiempo. Particularmente, la sociedad chilena es una sociedad a la que le ha costado mirar hacia atrás y entablar un diálogo con su historia y trayectoria cultural. Hacerse cargo de una identidad y gozar de y con ella. La distancia observada entre la población chilena y el museo convoca a concentrar el trabajo en la experiencia del público en el museo. ¿Qué se pone en juego en el museo, a qué experiencias llama, a qué emociones da lugar, qué reflexiones y debates suscita? ¿Qué se juega en una visita al museo?

La política cultural, en las últimas décadas, ha puesto el acento en aumentar el número de visitas en cantidad y diversidad, lo que es preciso y necesario, pero no suficiente. Acceder al museo significa finalmente acceder a una lectura de la propia biografía, es decir, a una contextualización de las trayectorias individuales. La posibilidad de este contexto no pasa solo por abrir las puertas del museo (rebajar las entradas, ampliar las construcciones, multiplicar la publicidad), sino que también llama imperativamente a retomar el debate en torno a su sentido. Trasladar su sentido original a un proyecto tecnológicamente contemporáneo y de actualización permanente de un espacio cultural que los ciudadanos se interesen en compartir.
Sacar el museo a la calle, aligerarlo, hacerlo interactuar con las experiencias de la gente. Pasar del modelo concentracionario a una arquitectura abierta, fluida, permeable y viajera, como son actualmente los lugares en que se realiza la comunidad (las redes y los espectáculos). No solo traer gente a lo establecido sino itinerar y acercar el museo a las experiencias de aprendizaje y de simbolización en común. El sentido de estos espacios debiera adaptarse a los cambios en la tecnología, en la producción y en la construcción institucional que se mueve de lo homogéneo a lo diverso, de lo fijo a lo adaptable, de la representación de lo público a la bisagra entre lo privado y lo público, de los sueños de conclusión a la visibilización de lo diverso, conflictual y cambiante; de la exhibición de lo ya vivido a una plataforma de vitalidad de la cultura.

Sin duda, el debate sigue abierto, pero entender el museo, entonces, como la residencia de lo que una sociedad quiere recordar y busca para proyectarse, es entender también este recordar como activador de la comunidad; el museo como el cuerpo activo de la memoria social. La actualización del museo implica finalmente establecer su vínculo con la ciudadanía de otro modo; elevarse como una tribuna referente, lugar de encuentro y fuente de nuevas ideas. Y en esta empresa la elaboración de más y nuevas mediciones será crucial para observar su integridad y trascendencia: indicadores que nos hablen de su consumo pero también de su relación con la producción intelectual, el mercado del arte, la formación de colecciones, las exhibiciones, así como su vínculo con el entorno donde se posicionan, como activación pedagógica y con repercusiones en el debate público. Hasta ahora, y con la información disponible, solo son posibles análisis parciales y especulativos, como el precedente, de este espacio amplio, necesario e ineludible de la configuración de la identidad del país.

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[1] El detalle de las cifras que arroja la II ENPCC de quienes declaran consumir: radio (89%), televisión (98,6%), video o DVD (77,5%), y un menor apego por aquellos practicados fuera del hogar: exposiciones, conciertos (29,3%), espectáculos en vivo: teatro (18,6%) y danza (23,5%), cine (34,9%).

[2] Comparación respecto a cifras arrojadas por la I Encuesta de Participación y Consumo Cultural 2004-2005, donde un 20,5% declaró haber asistido a museos en los últimos 12 meses.

[3] INIESTA, Montserrat, “Els gabinets del món. Antropología, museus i museologies”. Pages Editors, Lleida, España, 1994.

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