OC 9 – Columna Regiones


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Junio 2012

Nuestro pequeño territorio cultural

Por Ernesto Ottone R.

Director del Centro de Extensión Artística y Cultural (CEAC), Universidad de Chile. Master en Gestión Des Institutions et Politiques Culturelles, Université Paris IX-Dauphine.

 

Una de las grandes críticas que siguen acaparando titulares en el medio cultural es el tema del centralismo o más bien la ausencia de descentralización.

El centralismo se refiere a la concentración de actividades, de espacios, de recursos, de profesionales en la Región Metropolitana. Región objetivamente inexistente, salvo en lo que se refiere a la división geográfica, institucional y administrativa. Hablar incluso de Santiago es casi un absurdo con respecto a su existencia en el ámbito de políticas culturales. Santiago es un espacio ficticio en el cual habitan y se desarrollan una gran cantidad de públicos y expresiones culturales que difícilmente pueden ser identificadas como un todo. Tenemos nuevamente una copia fiel de nuestro edén, es decir, la réplica perfecta de las grandes inequidades a nivel país: dependiendo de las comunas donde uno viva tendrá acceso a diversa calidad y cantidad de infraestructuras, audiencias y creaciones. Una concentración de bienes y servicios culturales en cinco comunas: Las Condes, Providencia, Vitacura, Santiago y Ñuñoa. Y un gran número de comunas logrando –con muy pocos recursos– ofrecer una gran cantidad de servicios concentrados en eventos lo más masivos posibles. La triste realidad de nuestra sociedad.

La mirada desde las regiones hacia este centralismo se basa en cifras. Y todos sabemos muy bien que las cifras en el papel aguantan todo, sin embargo en la práctica este centralismo se diluye bastante. Ser un creador reconocido en Santiago es una odisea, desde la artesanía cultural hay que ser muy insistente y busquilla para permanecer en el tiempo. La cantidad de artistas que aún no logran desarrollar sus talentos por falta de conexiones o de oportunidades es abismante. Si les cuesta a los consagrados, qué posibilidad tienen los jóvenes talentos.

La falta de infraestructura que era tan evidente hace un par de años ha ido mejorando; sin embargo, la gran inquietud que permanece sigue siendo el “¿para qué?”.

El “¿para quién?”, que fue la pregunta del millón hace unos diez años, esas audiencias que se veían reflejadas en cuanta encuesta había sobre consumo cultural, tiene hoy mayores espacios donde encontrarse y de aquí a cuatro años deberían crecer aún más. Pero “el para qué”, sigue estando sin responder.

Cuando plantean la construcción de estadios deportivos con un objetivo como la Copa América, lo entendemos. Cuando se busca el objetivo de tener la mayor cantidad de deportistas olímpicos, y para ello el estado de Chile está dispuesto a invertir una gran cantidad de recursos, tenemos claridad sobre los objetivos de mediano y largo plazo.

Sin embargo, cuando se decide construir Espacios Culturales en distintas comunas, me pierdo con respecto al “para qué”. La gente demanda mayor participación, y el Estado está dispuesto a proveerla, sin embargo no está dispuesto a poner los recursos para el contenido, solo para el continente y que el mercado se regule a sí mismo.

Esa excepcionalidad cultural de la que hablan en países como Francia, cómo puede sobrevivir en un país como el nuestro si lo dejamos en manos inescrupulosas de un mercado que por necesidad buscará la masividad por encima de la calidad. Lo global por encima de lo local. La rapidez por encima de los procesos. Las cifras ante todo.

Cómo ofrecemos producciones de calidad si no están los recursos para hacer llegar esos bienes y servicios culturales; por qué no se consideran los costos de traslados y de producción. ¿O se pretende habilitar nuevos espacios con el objetivo de darle cabida a los proyectos ganadores de los fondos concursables? Lo cual no haría más que amplificar la desigualdad entre los creadores y sus respetivas audiencias. O sea, les entregamos los recursos financieros y de infraestructura a unos pocos y que los demás se las barajen solos.

Todo lo que brilla no es oro ni cobre, así que tenemos que tener cuidado con la apología que se hace hacia y desde Santiago. A todos los gestores y productores nos ha pasado tener que lidiar con grandes dificultades con respecto a los espacios, equipamientos y personal calificado para llevar producciones a distintas comunas de regiones, tanto en el sur como en el norte. Las distancias en Chile claramente no ayudan en este proceso de abarcar territorio. Por lo tanto, tratar de equiparar y comparar entre sí a las distintas regiones es un poco absurdo.
Las comparaciones son odiosas, pero es importante mirar lo que pasa en el vecindario, es decir: Perú, Argentina, Uruguay, Paraguay y Bolivia. Todos nuestros vecinos del cono sur viven similares problemas con respecto a la concentración de bienes y servicios culturales en sus capitales. Por lo tanto no es un fenómeno excepcional de Chile. La Experiencia vivida el año pasado acompañando al Ballet Nacional Chileno (BANCH) a Uruguay, gráfica bastante bien la situación de nuestros países. Se tienen dos espacios privilegiados a tres cuadras de intervalo como son el Teatro Solís y el recuperado Teatro del Sodre (con una inversión pública de 75 millones de dólares) y una ausencia absoluta de espacios dignos para la danza en las otras ciudades donde fuimos: Paysandú, Rocha y Salto.

Otro ejemplo bastante revelador es la gira para los 70 años de la Orquesta Sinfónica de Chile (OSCH), al sur y norte de Chile en diciembre pasado. Una Itinerancia que llevaba a los 89 integrantes de la OSCH por primera vez a La Unión, y con presentaciones en Osorno, Puerto Montt, Temuco, La Serena y Coquimbo. Ciudades con actividades culturales bastante significativas durante el año y que sin embargo no tienen infraestructura cultural como para acoger a la principal orquesta del país; teniendo que implementar distintos gimnasios con los ya consabidos problemas acústicos y que nuevamente ponen el dedo en la llaga con respecto a la desigualdad de acceso de los públicos.

En un rincón tenemos a las personas que tienen recursos económicos y que por lo tanto pueden apreciar una sinfonía en las mejores condiciones y comodidades; y en el otro rincón, las personas a las que se les entrega la sinfonía de manera gratuita y que se ven obligados a aceptar la incomodidad de un gimnasio sin la acústica mínima como para apreciar el concierto.

Es el punto de la igualdad de acceso a los bienes y servicios culturales donde se debería poner el énfasis en el debate público hoy por hoy; y no concentrar todos los dardos en la discusión infértil de cómo hacemos una redistribución regional de los recursos para la cultura.

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