Leer, navegar y observar: lecturas de género al consumo cultural – Artículo 2 OC 2


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Sonia Montecino Aguirre
Antropóloga y escritora. Doctora en Antropología por la Universidad de Leiden, Holanda. Profesora Titular del Departamento de Antropología. Titular de la Cátedra Género de la Unesco, Vicerrectora de Extensión, Universidad de Chile

Una mirada desde la antropología del género a la última Segunda Encuesta Nacional de Participación y Consumo Cultural arroja algunas preguntas sobre los modos en que mujeres y hombres acceden, por un lado, y prefieren, por otro, a determinados espacios de la producción de bienes simbólicos. Si entendemos el género como un constructo social que define ciertos atributos femeninos y masculinos asociados a las mujeres y a los hombres, respectivamente, y que estos se vincularán a un sistema de diferencias que generan valoraciones dentro de la escala social, resulta interesante conocer las formas en que esas diferencias operan en el consumo de bienes culturales. La encuesta entrega información en tres ámbitos de la circulación de la cultura: el relacionado con la asistencia a espectáculos (cine, danza, conciertos, artes visuales y teatro); el de los medios de comunicación (internet, televisión, radio, diarios) y el de la lectura de libros. El primero ligado al espacio público, extradoméstico, que podríamos entender como el “afuera”, el presencial; el segundo, a un consumo que atraviesa la vida cotidiana y que puede efectuarse tanto en el mundo doméstico como en espacios laborales (la televisión es quizás el más “interno”, siendo la radio, los diarios y el internet medios compartidos), y el tercero, de la lectura, que supone un espacio y un tiempo “íntimos”.

Como sabemos, los espacios público y privado (en el sentido de doméstico) tienen claras connotaciones de género, asignándose tradicionalmente el primero a lo masculino y el segundo a lo femenino, aun cuando hayan variado los tránsitos de hombres y mujeres en ellos a partir del trabajo remunerado de las últimas. En ese sentido podríamos decir que los datos de la encuesta muestran algunas de estas asociaciones, como por ejemplo que los hombres frecuenten más el cine, los conciertos y las exposiciones de artes visuales. Es decir, ellos aparecen más proclives a consumir bienes culturales que se despliegan en los espacios públicos y que suponen la interacción entre personas y el desplazamiento a lugares más allá del ámbito laboral y privado. Por otro lado, y de manera inversa, las mujeres optan por la lectura de libros (preferentemente novelas), por una acción que supone un tiempo para estar consigo mismas, tranquilas, inmóviles, sentadas o acostadas: la lectura supone la introspección y el diálogo silencioso entre el lector o la lectora y la escritura y un tiempo de gozo personal, en una íntima relación con los imaginarios literarios. A diferencia de los espectáculos y de las exposiciones, la lectura de libros, en general, es solitaria e implica un tiempo de dedicación prolongado, una ligazón de la persona con la obra de días, a veces de semanas. Así emerge una distinción entre los consumos simbólicos que se vinculan a la circulación pública y privada de los bienes culturales con una connotación de género donde la oposición interior/exterior: femenino/masculino se expresa en actividades que se desarrollan fuera o dentro de los espacios domésticos.

Algo distinto ocurre con aquellos consumos ligados a las comunicaciones masivas que se realizan preferentemente en lo privado. Hombres y mujeres, sin grandes diferencias, ven televisión, escuchan radio y música y leen diarios; sin embargo, no comparten del mismo modo el uso de internet. Internet abre un nuevo espacio, una nueva “plaza pública” que permite conectarse con redes sociales, informarse y participar de una serie de consumos culturales, entre otras cosas. Las distancias entre el acceso de hombres y mujeres a estas fuentes son relevantes (casi siete puntos) y nos hablan de la segregación de la que ellas son objeto en la democratización de la circulación de bienes culturales que suponen. Podríamos decir que esa democratización no alcanza aún a un amplio sector de mujeres, abriendo una brecha importante de desigualdades de género. Una mirada más amplia pone de manifiesto que estas desigualdades no solo se expresan en el uso de internet, sino que son también generacionales y de clase (los jóvenes más que los adultos mayores y los sectores altos y medio más que los bajos).

Si nos adentramos ahora en los “gustos” —en el sentido que Bourdieu le otorga— y en el tipo específico de participación femenina y masculina, las distinciones son claras. Así, dentro de los espectáculos y actividades que implican lo “público”, los hombres se inclinan por asistir a espectáculos de danza clásica, folclórica, a conciertos de música rock y a exposiciones de fotografía, mientras que las mujeres optan por los conciertos de música romántica, exposiciones de pintura, el teatro y la danza moderna. Respecto al cine, las tendencias masculinas se orientan a las películas de acción y las de las mujeres a las de humor, suspenso, románticas. Se vislumbran acá ciertos estereotipos de género muy tradicionales, sobre todo los relacionados con el tipo de música: los hombres en lo “duro” y las mujeres en lo “amoroso”, lo que tiene un correlato en el tipo de filmes que prefieren, aún cuando en este caso, ellas presentan una mayor amplitud en los gustos. De esta manera, los atributos asociados a lo femenino: pasividad, afectividad y a lo masculino: actividad, fuerza, se reproducen en los gustos por consumir determinados bienes que representan una y otra vez las diferencias de género. Algo similar sucede con la lectura, donde las mujeres se inclinan por las novelas, los cuentos y la autoayuda, mientras que los hombres lo hacen por la historia, biografías, religión, tecnologías. De este modo, el universo literario de la ficción, de la fabulación de mundos y de la necesidad de encontrar caminos para aliviar los problemas derivados de la subjetividad son femeninos, mientras que lo “real”, lo histórico-biográfico, los temas existenciales y las “ciencias” son materias masculinas.

De los datos anteriores, no es difícil colegir que la distribución por género de estas preferencias muestra una topografía —tránsitos espaciales público/privado— correspondiente a lo que los mandatos sociales adscriben a lo masculino y a lo femenino, sobre todo en los aspectos donde las brechas son más evidentes: más hombres en espectáculos públicos y accediendo al ciberespacio, más mujeres en lo privado de la lectura. Al respecto de esta topografía, las mujeres, más que los hombres, aducen razones de falta de tiempo y dinero para participar en el consumo de bienes simbólicos que se producen en los espacios públicos. ¿Qué significa esta carencia de tiempo y dinero? Por cierto, la encuesta no se internó en esta interrogante ni en otras más cualitativas. Si consideramos que nuestro país ostenta la más baja participación de América Latina y otros países con los que nos gusta compararnos (como los de la OCDE) de mujeres en el mercado del trabajo, podemos comprender que existe una falta real de dinero para poder disfrutar de los espectáculos pagados como los conciertos o el cine. De esa manera, no es difícil comprender que ellas se “replieguen” a espacios de consumo que no impliquen gastos y, por tanto, que su desplazamiento a lo “público” de la circulación cultural sea menor que la de los hombres. De este modo, las razones estructurales que colocan a las mujeres en desventaja frente a los hombres se manifiestan con nitidez en esta dimensión de las diferencias en cuanto a participación en la distribución de los productos simbólicos. Esta dimensión estructural, entonces, influye en el movimiento de las mujeres hacia lo público, pero también en su posibilidad de gozar más ampliamente de otros consumos que no lo implican como el de internet. El contar con dinero para acceder a ese bien es un ejemplo que, como dijimos, se asocia también a una desigualdad generacional y de clase.

Pero, también las mujeres aducen razones ligadas a la falta de tiempo para desplazarse a espectáculos y exposiciones. Esto nos remite a las formas en que se reparte el tiempo de ocio. Hace un tiempo el Instituto Nacional de Estadísticas (INE) puso de manifiesto que eran las mujeres las que gozaban de menos momentos para ello, pues sus responsabilidades en el ámbito doméstico, ya sea que tuvieran un trabajo remunerado o no, lo impedían. Estos datos proporcionados por el INE colocaron en el tapete la distribución desigual de las tareas domésticas, mostrando cómo se mantienen en nuestro país las antiguas pautas de género que proponen a las mujeres como artífices principales de la reproducción del orden privado. De este modo, si pensamos que el goce de los consumos culturales está relacionado con los tiempos libres de las personas, es obvio que las mujeres tendrán menos posibilidades de acceder a ellos, ya no solo por razones económicas, sino de la “economía doméstica”, que las obliga a permanecer más tiempo en el espacio del hogar. Podemos suponer, desde esta perspectiva, que las mujeres de los sectores más pobres están aún en mayores desventajas que las de los sectores medio y altos que cuentan con mayores recursos de dinero y tiempo.

Así, la perspectiva de género nos confronta a una realidad en la cual se combinan elementos económicos y sociales para producir una diferenciación en los modos en que hombres y mujeres se apropian, dialogan y participan de los bienes simbólicos. Por un lado, emerge una clara continuidad con las asociaciones espaciales clásicas para lo femenino y masculino que contribuyen a la segmentación de género, y por el otro, el correlato económico de ello que impide un igual acceso al trabajo remunerado para hombres y mujeres. Este elemento es clave no solo porque implica la reproducción de la oposición hombres en la esfera pública / mujeres en la esfera doméstica, sino porque, además, las mujeres que logran insertarse en la primera ostentan niveles de desigualdad salarial por todos conocidos. Podríamos decir entonces que las mujeres, en general, son más pobres que los hombres, y que ello incide en las formas de acceso a los productos culturales.

El otro ámbito importante de desentrañar, más allá de esa precariedad estructural, son los contenidos de aquellos bienes que las mujeres eligen, pero también los modos concretos de su consumo, así como el de los hombres. Por ejemplo, cuándo y dónde leen, cuándo y cómo ven televisión, escuchan radio o música; precisiones que sin duda arrojarían rasgos claves a la hora de comprender y visualizar las diferencias y desigualdades. Lo mismo vale para todos aquellos aspectos ligados a las operaciones de lectura de los consumos culturales, las reelaboraciones, interpretaciones y significados que hombres y mujeres otorgan a las representaciones y los sentidos para su construcción de género. Una indagación cualitativa, que se adentre en el impacto de los modelos simbólicos que se consumen daría señales relevantes para un estudio en profundidad sobre la participación de hombres y mujeres como receptores activos de los productos culturales. Por ahora, esta encuesta nos muestra las facetas tradicionales de la segregación de género, e ilustra las desigualdades entre hombres y mujeres, pero sobre todo interpela un debate sobre unas diferencias que señalan que aún falta mucho camino para una democratización efectiva de la circulación de los bienes simbólicos. Las diferencias de género entrañan otras, como las de clase y generación, que deben encararse de manera conjunta para producir una sociedad más equitativa y una cultura compartida.

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