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Octubre 2011

La hipótesis del capitalismo cultural: ¿un nuevo paradigma en proceso de confirmación?

Por Francisco Torres Rodríguez

Máster en Gestión de Empresas Culturales, Ecole Superieure d´Economie, d´Art et de la Communication. Paris, Francia (1995); Economista, Universidad de Chile (1990).

 

Se ha postulado que el surgimiento de la economía de la cultura como disciplina obedece principalmente a la necesidad de obtener datos en términos de empleo y productividad, o de participación en el Producto Geográfico Bruto (PGB), para convencer a las autoridades de la importancia del sector y así lograr una mayor cuota en la distribución del presupuesto de la nación sectorial. Sin embargo, a la luz de los hechos, esta sería una visión sesgada. La actual revolución tecnológica articulada en torno a la digitalización, que convierte productos simbólicos –sean imágenes, música o texto– en ceros y unos, unida a la revolución del transporte en la gran autopista digital que es internet, están reconfigurando el paradigma económico, de igual forma como lo hizo la Revolución Industrial con el descubrimiento del poder del vapor en la Inglaterra del siglo XVIII, y su consecuente revolución en el transporte, de la mano del ferrocarril. Ya sabemos que la otra gran revolución en la historia humana fue la domesticación de las plantas y los animales, que gatilló el surgimiento de la propiedad privada, el sedentarismo, el sistema contractual, la especialización del trabajo y el intercambio comercial.

Autores como J. Rifkin han llegado a postular que “una gran transformación está ocurriendo en la naturaleza del capitalismo. Después de centenares de años de convertir recursos físicos en mercancías, como fuente primaria para generar riqueza, ahora implica transformar recursos culturales en experiencias personales y de entretenimiento… El viaje del capitalismo está terminando en la mercantilización de la cultura humana en sí misma…” Este autor acuñó la Hipótesis del Capitalismo Cultural, según la cual los procesos de generación de riqueza –y, consecuentemente, de su distribución– se están ubicando, con mayor intensidad, en la producción de bienes simbólicos, entre ellos los culturales. El capitalismo industrial, en cambio, se asentaba en la producción de bienes tangibles, era manufacturero. Según Richard Florida, estaríamos frente al surgimiento de una nueva clase, la “clase creativa”, una fuerza de trabajo que va aumentando progresivamente en las distintas economías del planeta, pero principalmente de los países desarrollados. Las estadísticas y proyecciones de Florida con respecto al empleo son reveladoras. Como porcentaje de la fuerza de trabajo en 1900 en el mundo desarrollado el sector manufacturero absorbía más del 40%, el sector servicio un 15% y el sector creativo menos de un 9%. En la actualidad el sector manufacturero no representa más de un 25%, el sector servicio alcanza un 40% y el sector creativo se empina por un 30%. Las proyecciones para el 2020 muestran un asombroso descenso del sector manufacturero y un importante aumento del rubro creativo.

Sin duda, la definición tradicional del sector cultural no es la misma que la del sector creativo. Para ello habría que realizar un nuevo marco conceptual, que es el que recogen las llamadas industrias creativas. Según señala la UNCTAD en el Reporte sobre economía creativa, este nuevo sector correspondería al ciclo de creación, producción y distribución de bienes y servicios que usa la creatividad y el capital intelectual como insumo primario. Constituye un conjunto de conocimientos y actividades focalizadas en el arte, aunque no limitado a ello, que puede generar beneficios del intercambio y de los derechos de propiedad intelectual. Por último, incluye productos tangibles e intangibles, servicios intelectuales o artísticos, con contenido creativo. En este mismo informe se concluye que es una de las áreas más dinámicas del comercio mundial.

Para el modelo británico, impulsado por el DCMS (Departamento de Cultura, Medios y Deporte), las industrias creativas incluirían la publicidad, la arquitectura, el arte y las antigüedades, la artesanía, el diseño, la moda, las películas y videos, la música, las artes del espectáculo, la publicidad, los software, la televisión y la radio, y los juegos de computación. Esta nueva redefinición del sector cultural aún tiene algún recorrido conceptual y empírico que transitar para instalarse como un cambio de paradigma real. Sin embargo, es evidente que el conjunto de las ciencias sociales –y la economía en particular– le están prestando mucha más atención al análisis de los procesos de creación, producción, distribución y consumo de servicios vinculados a la creatividad y al conocimiento.

Al analizar la situación del empleo en cultura vemos muchas similitudes entre el mundo desarrollado y Chile, ya sea en el sector cultural tradicional o en el de las industrias creativas. Jaron Rowan analiza la situación española en su libro Emprendizajes en cultura (2010): “Esta investigación se interroga sobre la realidad de todos aquellos agentes individuales o microempresas que hasta épocas recientes vivían bordeando la economía y que desde hace pocos años se han introducido en la industria creativo-cultural. Pese a que algunas de las personas o microempresas entrevistadas tengan un buen funcionamiento, sean rentables y tengan numerosos proyectos en marcha, las condiciones de trabajo y sus formas de funcionamiento son extremadamente similares. La precariedad que sufren muchos de estos agentes en su día a día, lejos de ser un fenómeno contingente, es un problema estructural que caracteriza el trabajo de las industrias creativas”.

Xavier Grefe, en su artículo “El empleo cultural en tiempos de crisis ”, calcula en cerca de 4,9 millones a los trabajadores que laboran actualmente en actividades culturales en los países de la Unión Europea, representando cerca de un 2,4% del empleo total. Los rasgos que diferencian a este empleo de los otros los resume como sigue:

1.- Se trata de un empleo relativamente más cualificado. Un 48% requiere nivel de estudios secundarios o universitarios, contra un 26% del empleo en general.

2.- Es un empleo frágil: un 16% de los trabajadores de la cultura tiene empleos temporales, contra un 13% del resto de los sectores; el 25% tiene empleo a tiempo parcial contra el 17%. La proporción de aquellos que disponen de otro empleo es dos veces superior a la media.

3.- Se trata de un empleo relativamente más independiente que los demás. Aquí un 29% de los trabajadores son independientes, contra un 14% para el conjunto.

4.- Se trata de un empleo concentrado en zonas urbanas en un 58%, contra un 14% de los demás empleos.

Esta breve síntesis es concordante con las conclusiones que arrojó el Estudio de Caracterización de los Trabajadores del Sector Cultural en Chile, realizado por el Departamento de Estudios del Consejo Nacional de la Cultura y las Artes. En un estudio anterior, realizado en 1999, se estimó que las industrias culturales aportaban un 2% del PIB. Según este documento, de los 18.000 trabajadores del sector cultural tan solo el 2% trabaja en condiciones estables y de relativo respeto de las normas laborales. La principal modalidad de trabajo es la de independiente, y una de sus explicaciones es la necesaria libertad que requiere el proceso creativo. Otro dato importante es que solo un 51% de los trabajadores culturales son profesionales, mientras que el resto obedece a una práctica vocacional o semiprofesional. La característica del pluriempleo o la segunda ocupación del artista es relevante, y se explica por la necesidad de sobrevivencia que deriva del escaso intercambio o venta de sus bienes. El porcentaje de individuos que no se encuentra cubierto por los sistemas previsionales asciende a un 44% en la Región Metropolitana y a un 60% en la Región de la Araucanía (muestra representativa de las regiones).

A pesar de que la investigación realizada por el Consejo de la Cultura fue llevada a cabo el 2004, las conclusiones son similares a las que se observan actualmente en los países desarrollados y en las industrias creativas. Sin embargo, sería deseable que en las futuras investigaciones se analizaran algunos elementos importantes, como la medición de la productividad de los distintos sectores culturales. No solo es necesario conocer el empleo que absorbe el sector, y sus características asociadas, sino que también se debe analizar la riqueza que genera cada trabajador, la calidad del empleo, la medición de las externalidades positivas del trabajo cultural y otras características que permitirían una evaluación más amplia en el sistema económico y social. Otro elemento importante de prospectar es la velocidad con la que se están reduciendo las barreras de acceso a la práctica cultural, generando un flujo importante de práctica amateur y, por último, la velocidad con la que se está produciendo la desintermediación que acusa la creación, la producción y la distribución cultural debido a la reducción del costo del virtuosismo técnico, tanto en términos económicos como en tiempo de adquisición.

Por último, hay que destacar que si bien es cierto que en las sociedades occidentales el empleo formal regulado y estable configura el modelo del horizonte de participación de los trabajadores en las comunidades, el sector cultural experimentará una tensión constante, ya que las propias necesidades de independencia y libertad que requiere la creación van en contra del trabajo dependiente. Por otro lado, desde siempre ha existido un espíritu en cultura que cuestiona el status quo y los consensos sociales, y que hace muy difícil incluirlos en las prácticas habituales del mercado del trabajo

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