OC 5 – Artículo 2


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Octubre 2011

Prenotandos a la complejidad del consumo cultural chileno

Por José Antonio González Pizarro

Doctor en Historia. Profesor titular de la Universidad Católica del Norte y de la Universidad de Antofagasta. Ex miembro del Consejo Consultivo de Cultura de la Región de Antofagasta.

 

1. El escenario movedizo de los soportes tecnológicos culturales

La Segunda Encuesta de Participación y Consumo Cultural abre interrogantes y también refrenda algunas orientaciones de los chilenos y chilenas sobre los distintos bienes culturales. En general, se constata que la complejidad del consumo apunta más a señalar la brecha que existe entre los diversos sectores socioeconómicos, entre los bienes culturales a los que se accede y entre la realidad versus apariencia de constituirnos en un país que está en la era digital. Esto último, casi como sinónimo de modernización, presenta inequívocas señales de déficits en cuanto al uso y aplicaciones que se tiene respecto de los soportes tecnológicos en los que descansan estos bienes. Nos referimos tanto al papel como a lo electrónico. Hay un significativo porcentaje de connacionales que no se mueve tanto en el manejo como en la comprensión de las posibilidades que ofrecen estos dos soportes y, por ende, sus respectivos códigos. Y esto nos conduce invariablemente a una disonancia perceptual entre la imagen que queremos proyectar y, más dramáticamente podría apostillarse, la autoimagen que tenemos, de ser un “país moderno”, como considera un 77,3% de las personas entrevistadas en la Segunda Encuesta de Participación y Consumo Cultural [1], y la imagen consolidada de lo que se es, confesada, de las limitaciones, donde un 44% no ha usado internet en los últimos doce meses o nunca en su vida (14,1%), teniéndose en el 2009 un 55,9% que accede a internet (ver Gráfico 1).

Los datos de exclusión de internet afectan a las comunas rurales y a los sectores periféricos de las grandes ciudades. ¿Acaso no podrían ser leídos los graves daños en los laboratorios de computación de los establecimientos escolares, más allá de un grado de indignación o mero vandalismo, en estos días de movilización/ocupación estudiantil, como una señal de profunda advertencia social y cultural de que la “artificial realidad digital” del aula no se condice con la “concreta realidad no-digital” doméstica? En el ámbito de la lectura encontramos paradojas mayúsculas, como la que hay entre la producción editorial de poesía y la casi inexistencia de recitales de poesía. Incluso, hay un retroceso en la lectura de libros entre los años 2005 –cuando un 41,7% leía todos los días– y 2009, en que lo hacía un 32,5% de los consultados[2]. Cerca de un 54% afirmó no leer un libro en los últimos doce meses (ver Gráfico 2). ¿Qué hacer? Las aplicaciones de nuestra capacidad lectora concuerdan con lo que vemos en el cine y en la televisión: acción, comedia, ciencia ficción, como se desprende de los guarismos de la Segunda Encuesta en lo que respecta a tipo de películas[3], y a lo que leemos, centrado en novelas, historias y biografias y cuentos. No hay un interés por acrecentar conocimiento que exija un cierto entrenamiento (tecnologías y ciencias físicas, un 6,5%; filosofía y ciencias sociales, un 4,6%). Nuestra gloriosa poesía merece un porcentaje casi similar a lo que acontece en nuestro entorno noticioso: 1,1% (ver Gráfico 3). Hay un problema grave sobre el incentivo de pesquisar, investigar no solo en nuestro sistema educacional sino en la creciente libertad de accesibilidad a la cultura y sus soportes. En la actualidad, un 60% de los chilenos reconoce la facilidad de acceso a la cultura; empero, preocupa no el alto porcentaje que estima que no hay mayor facilidad en este tema, entre los padres en general un 84,5%, sino la dificultad que declara un 86,6% de padres jóvenes, situados en la brecha de los 15-29 años, y la futura transmisión cultural a sus vástagos[4].

E incluso un cruzamiento de las variables nos llevaría a poner en tela de juicio si, realmente, los sectores privilegiados sean tan omnívoros culturales, de mayor diversificación del consumo de bienes culturales, donde un 47,9% se inclina, por ejemplo, por la concurrencia a las galerías de artes visuales, frente a un 26,6% del nivel socioeconómico C2, un 18,7% del C3 y un 10,3% del D (ver gráfico 4). Hay un tema etario que apunta a hacer coincidir a los menores de 30 años en la frecuencia de consumo de actividades como recitales musicales, cine, fiestas; existiendo sí, diferencias de mayor concurrencia juvenil, entre 15-29 años con un 30,6% a las artes visuales (pintura, fotografía, escultura) por sobre los mayores de 45-59 años, con un 17%, y los mayores de 60 años, un 16% (ver gráfico 5).

 

2. Aproximaciones a realidades regionales. El caso del Norte Grande

El caso de la Región de Antofagasta, la única que ha alcanzado un ingreso per cápita de US$27.061 en el año 2009, similar al de naciones desarrolladas (no en los modos de consumo cultural), como por ejemplo Nueva Zelanda, su distribución absolutamente desigual entre los trabajadores de la gran minería y los restantes profesionales, empleados y funcionarios, ha visto incrementada la infraestructura cultural asociada a la instalación de actividades económicas terciarias. El caso, a nuestro juicio, es representativo de esta disociación entre el ingreso económico y el estatus sociocultural. Y esto merece algunas anotaciones. La primera, el impacto de la llegada de los grandes centros comerciales a la región, atraídos por la bullente actividad cuprera y la capacidad adquisitiva minera. El arribo del sector del retail, primero con el supermercado Líder, en el 2003, posteriormente con Mall Plaza Antofagasta, en el 2006, se tradujo en una multiplicación de salas de cines, sobre 12 salas multicines; además, en una oferta gastronómica, mediante patios de comidas que dieron lugar a gustos más focalizados, desde comida japonesa hasta italiana y peruana. Y esto se evidencia, si consideramos que el Mall Calama –hoy Mall Plaza– se erigió antes que el Mall Plaza de Antofagasta, en la gran cantidad de salas de cines y el mayor porcentaje de asistencia al cine que exhibe la región, un 62%, seguido a mucha distancia por la Región de Tarapacá con un 48,2%, según la Segunda Encuesta. Esta cifra guarda relación con la existencia de estos centros comerciales más allá de constituir zonas mineras, dado que la Región de Atacama, también minera, exhibe el menor porcentaje de asistencia a cine: un 7,3% (ver Gráfico 6).

Volviendo al Mall de Antofagasta, habrá que consignar que este lugar ha permitido una constante exhibición de cuadros para su uso masivo. Y acá constatamos un prejuicio. En galerías de arte de la capital hemos vistos los mismos cuadros/temas pero, con rúbricas. La oferta pictórica de óleos, pasteles, hasta acuarelas, procedentes de determinadas galerías de arte santiaguinas, es de completo anonimato de autoría en el norte. Podría argüirse que este silencio sobre sus creadores guarda un doble significado, aquel que es funcional al escenario del mall antofagastino, si atendemos a las apreciaciones antropológicas de Marc Augé sobre esta clase de arquitectura, un “lugar carente de memoria” y de tránsito anónimo y, a la vez, un consumo hacia el sector minero que apunta a lo llamativo[5]. Empero, la región también ha podido implementar, en una asociación entre empresas y universidades, espacios para espectáculos que acrecientan el consumo cultural de calidad. Es el caso de las Ruinas de Huanchaca (1890-1900), el más grande complejo metalúrgico de América del Sur, vinculado a las actividades mineras de Pulacayo en Bolivia. Declarado Monumento Nacional, bajo el cuidado de la Universidad Católica del Norte ha podido brindar, desde el 4 de julio de 1990, las brillantes y multitudinarias actuaciones de la Orquesta Sinfónica de Antofagasta y del Coro Croata Jadran. Lo mismo podría decirse de las presentaciones de temporada de la Orquesta Sinfónica de Antofagasta en el Teatro Municipal, lo cual refuerza el mayor porcentaje de asistencia a conciertos que presenta la región, con un 40,4%, seguido de Tarapacá, con un 39,1% [6]. Habría que determinar la incidencia de estos festivales, como el que realiza desde fines de los años sesenta la Corporación Cultural Semanas Musicales de Frutillar, entre la última semana de enero y la primera de febrero cada año, en la Región de Los Lagos. De igual manera, se debe indicar el rotundo éxito alcanzado, desde enero de 1999, por el Festival Internacional de Teatro Zicosur “Pedro de la Barra” que auspicia el Consejo Regional de Antofagasta, en escenarios cerrados y abiertos. Lo mismo en estos últimos años, por el denominado Festival de Verano de Antofagasta, realizado en la pampa o a orillas del mar (balneario municipal o la zona cero del Puerto Nuevo). En estos festivales masivos, gratuitos y en lugares abiertos, es posible conjeturar, para el caso de Antofagasta, la convergencia de sectores acomodados y sectores C2 y C3, y principalmente jóvenes en el tramo 15-29 años, con un 47,3%, según revela la Segunda Encuesta (ver gráfico 7). Pero, el dato más inquietante es el alto porcentaje que no asiste a conciertos de ninguna clase, desde rock, pasando por la música folklórica, balada romántica, sound, salsa, pop, música clásica, hasta llegar al heavy metal: un total de 64,1% [7].

Desgraciadamente, los antecedentes estadísticos acopiados desde el año 2003 consignan los datos duros pero omiten los factores que ayudarían a comprender las inflexiones estadísticas que reflejan las situaciones regionales (un claro ejemplo sería el aterrizaje de los mall en el Norte Grande) o bien a explicar la carencia o suficiencia de espacios culturales u ofertas artísticas, aun cuando las distintas fuentes informativas e instancias culturales concurrentes para la estructuración del Anuario de Cultura y Tiempo Libre podrían brindar dicha información. Y acá se hace notar la integración de otros antecedentes, tanto cuantitativos como cualitativos, que atendiendo a los factores identitarios se hacen cargo de este ámbito que estamos glosando[8].

Son llamativos también los datos de la Segunda Encuesta en cuanto a la actitud de concurrir a museos y sitios patrimoniales. La existencia de museos en el Norte Grande, Tarapacá y Antofagasta, es una creación universitaria. La mayoría fue forjada por la Universidad Católica del Norte y por la sede regional de la Universidad de Chile. Esto se refiere tanto a museos históricos como arqueológicos[9].

Todos creados entre las décadas de los cincuenta y sesenta. En el año 2005, la convergencia entre la Universidad Católica del Norte y el Casino & Resort Enjoy Antofagasta, dio inicio a la Fundación Ruinas Huanchaca y con ella a la creación del Museo del Desierto, en el mismo lugar en que estaba parte del emplazamiento de Huanchaca. Esto vino a sumarse a otro aporte de la UCN, como es el Museo Geológico “Profesor Humberto Fuenzalida” dentro del campus universitario, ideado por el geólogo Dr. Guillermo Chong. El dato del 20,8% de asistencia a museos (ver gráfico 8 ) y peor todavía, un 11,5% a sitios patrimoniales (ver gráfico 9), permite plantear para el caso del Norte Grande dos consideraciones plausibles: una, la mayor asistencia de la Región de Arica y Parinacota a museos de historia (69,7%) y arqueológicos (22,6%) obedece a la proximidad de ambos, en el Morro de Arica y en el valle de Azapa, respectivamente; mientras que en la Región de Antofagasta, el museo histórico, el principal (si descartamos el militar en el Regimiento Esmeralda), es parte del Museo Regional, adscrito a la Dibam, en pleno casco histórico citadino (con un 50,4%); y el arqueológico mayor, que está en San Pedro de Atacama con un 13,7% [10], en su mayoría –a no dudarlo– turistas. Y esto nos plantea la dinámica de los museos nortinos vinculados a circuitos turísticos internacionales, en ambas regiones.

En cuanto a sitios patrimoniales, la enorme riqueza de lugares históricos asociados a la industria del salitre, principalmente en Tarapacá, con las oficinas Humberstone y Santa Laura, Patrimonios de la Humanidad, o la oficina Chacabuco en Antofagasta, Monumento Nacional, en su doble connotación, usina industrial, la mayor del sistema Shanks, y campo de concentración de prisioneros en el pasado inmediato, no se registran al igual que otros monumentos nacionales en el centro y sur del país. Habrá que reparar que la riqueza del patrimonio andino eclesial conspira por la enorme dificultad de conectividad para ser incorporado en el consumo cultural[11] Llama la atención en la Segunda Encuesta la nula referencia al patrimonio natural, sea como simples lugares o reconocidos como santuarios de la naturaleza, dado que en el constructo de la identidad, una mayoría, en el caso del norte, asocia el desierto y el mar a la identificación de la identidad nortina, según comprobáramos en los estudios ejecutados en los años 1994, 1998, 2001, 2009 sobre identidad.

 

3. El nuevo sujeto ante los bienes culturales: el neplanta del medio cultural.

Los datos de que un 44% no tiene acceso a Internet y un 54% nunca en su vida ha leído voluntariamente un libro, nos conducen a vislumbrar un grave problema nacional. Esto es alarmante no solo por el grado cultural del país, donde cerca de la mitad de la nación tiene hipotecado no solo su proyecto personal de superación sino también su incidencia en la cualificación de la población laboral, en un mundo globalizado. Los datos de la OCDE sobre los déficits de comprensión lectora de universitarios y profesionales es un fantasma que pondría una clausura a nuestro desarrollo socio-económico-cultural. Lo mismo corroboraba en el campo de la informática un informe del PNUD[12].

Neplanta, un vocablo de origen Nahuatl, que significa “en el medio”, fue empleado por el investigador mexicano Miguel León Portilla[13] para entender la situación de los indígenas del imperio azteca ante la irrupción de la conquista española. Despojados de sus sistemas de creencias, las famosas “idolatrías”, no acogieron el cristianismo que se presentaba con su cara de violencia e intolerancia. Quedaron neplanta. Analógicamente, lo empleamos para graficar la situación de un significativo segmento poblacional, distante de los parámetros que miden su destreza lectora y que además de plantearse en una negativa de leer un libro voluntariamente, a lo que se suma la carencia de un computador o la falta de habilidades o de acceso a este, o el no utilizarlo cotidianamente. Es decir, un alto porcentaje de chilenos y chilenas que no está en los cánones culturales de la generación predigital pero que no convive –ni se arriesga a ingresar– con el mundo digital. Es un matiz distinto a la clásica separación que introdujo Marc Prensky entre nativos digitales e inmigrantes digitales [14]

Es necesario mirar críticamente, en el marco de una formulación de políticas públicas, cómo las instancias culturales estatales han insistido en digitalizar las postulaciones a proyectos culturales, sean Fondo del Libro, Fondart, 2% de la Cultura, etc., teniendo como telón de fondo la realidad sociocultural anotada. Sería una exclusión deliberada, atentatoria a las medidas de mayor participación ciudadana de fondos públicos. Incluso para los concursos del año en curso, se apuesta a este cambio global, desde el papel a las plataformas virtuales. El desafío país es mover la institucionalidad cultural global para acrecentar los segmentos, hoy excluidos por diversas razones o bien autoexcluidos, hacia una mayor integración social haciéndoles partícipes de vivir en una sociedad democrática, tolerante y que tiende a ser más justa. Incluida la cultura.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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[1] Primer gráfico página 178 de la II ENPCC “Representaciones de la población sobre los atributos del país”.

[2] Primer gráfico página 74 de la SEGUNDA ENPCC “Frecuencia de lectura. Comparación 2005-2009 (%)”

[3] Tabla 9, página 54 de la SEGUNDA ENPCC “Espectadores por tipo de películas preferidas según nivel socioeconómico (%)”.

[4] Gráficos 14 y 15 página 187 de la SEGUNDA ENPCC “Acceso a la cultura por parte de los padres (%)” y “Acceso a la cultura por parte de los padres según tramo de edad (%)”.

[5] Ver. “Mercado de lujo llega a Antofagasta”, El Mercurio de Antofagasta, 9 de enero de 2010.

[6] Gráfico página 10 Reporte Regiones “Asistencia a conciertos según región”

[7] Gráfico número 27, página 46 de la II ENPCC “Población que asiste a conciertos (%)”. El dato también sale en el gráfico de la página 4 del Reporte Conciertos “Asistencia a conciertos en los últimos 12 meses”.

[8] A modo de ejemplo, fue la Región de Antofagasta la primera que estableció una estrategia de desarrollo que consideró la identidad cultural, como estrategia 12, en 1993. El que escribe dirigió la primera investigación universitaria, financiada por el CORE, “Identidad Regional: Sector Popular – Sector Empresarial”, 1994, 3 vols., donde la carencia de ofertas recreativas, culturales, gastronómicas, educacionales constituía una de las claves del éxodo continuo de personal cualificado y profesionales. En la última investigación que dirigimos a través de la Corporación de Desarrollo Productivo, “Soñando la Región. Fomento de la Identidad Regional”, financiado por el CORE, 2009, se tenía cubierto el déficit denunciado lustros atrás. Ese mismo año, la Subdere del Ministerio del Interior llevó a cabo su programa “Sueña Región. Construyendo con Identidad”, recogido sus conclusiones regionales en el volumen Identidad Regional. Reconociendo la diversidad para el desarrollo de los territorios. Gobierno de Chile, Ministerio del Interior, Subdere. División de Políticas y Estudios. Vol.7, diciembre 2009.

[9] Vid. José Antonio González Pizarro,” Patrimonio, museos y arqueología: de la visibilidad de los pueblos indígenas a la institucionalización de los estudios arqueológicos en el Norte Grande de Chile”, Diálogo Andino. Estudios Históricos y Geográficos Regionales. Universidad de Tarapacá, diciembre 2010, N° 36, pp.

[10] Todos los datos salen en la tabla número 1, página 136 de la II ENPCC “Población que asiste a museos por tipo de museo visitado según región (%)”.

[11] Remitimos a Erika Tello Bianchi (Editora), Lautaro Núñez Atencio, José Antonio González Pizarro, Claudio Galeno Ibaceta, Autores, Rescate del patrimonio material más antiguo de la región de Antofagasta. De las iglesias precordilleranas a los templos urbanos. Ediciones Universitarias, Universidad Católica del Norte-CORE-Consejo Regional de la Cultura y las Artes de Antofagasta, 2009.

[12] PNUD. La tecnología y el aumento de las capacidades. Santiago de Chile, 2006, donde la investigación arrojaba que un 26% de la fuerza laboral ocupaba la herramienta computacional (p. 151) y a nivel estudiantil, la frecuencia de “nunca” alcanzaba límites insospechados: 32% nunca lo había utilizado para resolver problemas matemáticos, un 16% para ciencias, un 13% para escribir un trabajo, un 19% para procesar datos, y , a su vez, la frecuencia “alguna vez al año” alcanzaba un 21% en matemáticas, un 19% en ciencias, un 13% en escribir trabajos y un 16% procesar datos (Cuadros 14, p. 142).

[13] Vid. Miguel León Portilla, Culturas en peligro. México, 1976, p. 80

[14] Marc Prensky, “Digital Natives, Digital Immigrants”, On the Horizon, Vol.9, N° 5, oct. 2001. La caracterización del uso del tiempo libre de los nativos digitales se aproxima a nuestros jóvenes nacidos en la era del mundo digital, con posibilidades de acceso real a dicho ámbito: ”Today’s average college grads have spent less than 5000 hours of their lives reading, but over 10.000 hours playing video games (not to mention 20.000 hours watching TV). Computer games, email, the Internet, cell phones and instant messaging are integral parts of their lives”.

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