OC 36 – Entrevista


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Margot Loyola nos enseña a confiar en el otro

Entrevista a Mariela Ferreira, Andrea Andreu y Gabriela Campaña, por Claudia Guzmán M.

Quienes tuvieron un vínculo directo con Margot Loyola la llaman cariñosamente “la maestra”. Mariela Ferreira, Andrea Andreu y Gabriela Campaña, también la nombran de esa forma al recordarla en esta entrevista. A cien años de su nacimiento, estas tres mujeres, de diferentes generaciones, recuerdan experiencias que compartieron con ella y que marcaron significativamente tanto sus carreras artísticas, como sus miradas sobre la cultura popular.

Para realizar esta entrevista, Mariela Ferreira (84) nos abrió las puertas de su casa, la misma donde actualmente ensaya el conjunto Cuncumén, al cual ingresó en 1960. A partir de 1974, mientras estaba exiliada en Suecia, comenzó a dirigir artísticamente al grupo, lo cual realiza hasta el día de hoy. Mariela cuenta con más de sesenta años de carrera y continúa su labor enseñando a las nuevas generaciones, lo que ella también aprendió de figuras tan importantes como Margot Loyola y Víctor Jara. En 1961, junto a ambos, le tocó compartir una gira artística con Cuncumén por los países de la Unión Soviética, de la cual recuerda:

Estuvimos viajando cinco meses y medio, y conocí a concho a esa mujer maravillosa, generosa; fue una escuela de ella y de Víctor. En esa gira aprendí mucho. Lo único que quería era saber más de lo que era el canto, el verdadero canto, el tradicional. Entonces, cuando volví, empecé a salir al campo a recopilar.

Mariela y Margot fueron grandes amigas y de ella recuerda su generosidad para enseñar y su forma de entregarse a los demás:

La primera vez que entré al país, después de once años de exilio en Suecia, fui a verla. En ese tiempo vivía en la casa de la familia de Cristina Miranda, y yo tenía un Cuncumén y un conjunto de niños en Suecia. Ella me decía: ‘esto puedes enseñarles’, me lo escribía, me hacía las estructuras de las danzas. Eso es muy raro de encontrar en una persona tan famosa y tan importante como ella, la entrega de toda su sabiduría. A mí y al Cuncumén nos ha hecho mucha falta porque estuvimos hasta el final yendo a su casa, con Ana María Báez, que es la otra cuncumena viejita como yo.

Andrea Andreu (38) también fue discípula de Margot. Es cantautora e intérprete de música de raíz, oficio que ejerce poniendo a disposición la técnica y las herramientas que le ha entregado la academia, pero siempre en función de la investigación de la cultura tradicional. Conoció a Margot Loyola porque proviene de una familia vinculada al ambiente cultural y folclórico de Chile, y desde que era chica por su casa pasaban relevantes personajes de la música nacional. “Yo, de niña, en realidad no me daba cuenta de la importancia de estas grandes figuras, porque era natural: “vamos a la casa de la tía Margot o mamá te llama la tía Gabi (Pizarro)”. Así naturalmente, a los cinco años comenzó a practicar y ensayar folclor: pasó por “Los Parralitos”, tuvo clases de guitarra, talleres de experimentación artística y acompañaba a sus padres en sus ensayos. Pero fue en la universidad cuando realmente dimensionó lo que había significado esta vida relacionada a la cultura. “Cuando entré a estudiar, me di cuenta que mi experiencia no era tan común, que tenía una gran importancia todo lo que había vivido”. Así, consciente de su fortuna y decidida a generar un vínculo más directo con la maestra, a los 28 años se aproximó a ella y comenzó a visitarla en su casa para escucharla, preguntarle, explorar su repertorio y que corrigiera su práctica. De esa época recuerda:

En lo personal, siento que lo que más buscaba en todas esas sesiones no era el repertorio, sino poder entender la razón de tanta pasión que la movilizaba y descifrar cómo se podía vivir así. Ella me hizo creer en mí misma. Me hacía ver que sí podía y todavía hay cosas que recién comienzo a ver de todo lo que sucedió en esas sesiones. Fue muy profundo para mí.

A partir de ese momento, Andrea decidió dejar las clases de colegio que realizaba para dedicarse completamente al desarrollo musical como solista e intérprete.

Gabriela Campaña (26) entró a los 12 años al taller de los cuncumenitos, en el cual Mariela Ferreira fue su profesora. Estudió Antropología Social y para hacer su tesis de licenciatura decidió estudiar al grupo Cuncumén, del cual además es integrante desde el año 2015.

Conociendo a Margot Loyola, a través de la investigación, me di cuenta de la trascendencia que tenía para el conjunto en la entrega de material, por ejemplo, cómo ella lograba la recopilación a través de las personas, cómo era ese vínculo de reciprocidad, de mucha simpleza y transmisión genuina. Ese sentido lo aprendí con el Cuncumén, porque en él se reproduce lo que hacía Margot, siendo ese uno de los principales ejes que nos interesa mantener. Más que la autenticidad, es el sentido que posee esa danza o ese canto, lo que permite encontrar una identidad del pueblo o del campesino, a partir de la expresión o la práctica cultural.

Para Gabriela, la recopilación fue fundamental en la construcción de país entre las décadas de 1950 y 1970, porque permitió visibilizar a las personas que vivían en el campo, sus expresiones y modos de convivencia, así como evidenciar el rol de los investigadores y los artistas en divulgar dignamente su identidad y su valor inmaterial.

 

En un momento donde el rol de la mujer está siendo ampliamente discutido, y visto en perspectiva, ¿Dio Margot Loyola también una lucha en su condición de mujer? ¿Cómo dirían que se enfrentó a las concepciones existentes en su tiempo, en los distintos ámbitos de los que fue parte?

Mariela Ferreira: De todo el trabajo de recopilación que yo hice en terreno, te podría decir que el 90% se trataba de mujeres cantoras, y digo “eran” porque en esa época eran mayores que yo, mujeres maduras. Difícilmente se encontraba un cantor; en las zonas por las que yo anduve la mujer se encargaba de la familia y eran muy dueñas de su espacio. Eso, entre 1960 y 1973, que fue toda mi época de recolección. Eran mujeres orgullosas, y eso lo vi mucho en la maestra, que replicaba esa generosidad en su entrega, me quedó eso de la mujer campesina, ese respeto enorme. La mujer campesina es ruda, es regia.

Andrea Andreu: Tenemos la suerte de que las mujeres chilenas son creadoras de caminos y puentes. La mujer chilena oficia la unión, la comunicación y la convivencia en distintas dimensiones. Creo que la mujer, en general, tiene un potencial y un poder que es infinito y que no ve delimitaciones sociales, como las que impone el mundo occidental. Ese saber, esa forma de relacionarse, que es una humanización ancestral, está en los campos. Yo, desde Santiago, me admiro y noto esa diferencia cuando me relaciono con gente del entorno campesino, porque tienen una cosmovisión totalmente distinta y alejada de lo que concebimos la gente citadina, donde todos nos desarrollamos en vertientes paralelas e individuales o independientes. Por ejemplo, mucha gente dice: “yo soy repostera, yo soy médico, yo soy abogado”; en cambio, si uno ve lo que era Margot, al igual que las cantoras, las campesinas, no era una cosa; son mujeres que se desarrollan en el amplio sentido de la palabra, no hay una especialización en una rama, como nos han inculcado siempre en la educación occidental. Hay un desarrollo humano integral y, por eso, la generosidad que se veía en Margot era tan natural, porque sus maestras, como ella nombra a las cantoras campesinas, lo eran. O sea, una cantora que canta, es por consecuencia de otras cosas, no por una búsqueda artística necesariamente, y no siempre desde la conciencia de ser entes de transmisión, sino porque tiene un don divino y, por lo tanto, es una obligación ponerlo al servicio de su comunidad; porque eso es lo que como mujeres desarrollan: son curanderas, rezadoras, quebradoras de empacho, alfareras, artesanas. Nosotras las mujeres tenemos la capacidad de poder estar pendientes de muchas cosas a la vez; por lo tanto, podemos desarrollarnos sin perder la unión y la generosidad con nuestro entorno, seguir conteniendo, seguir criando, además de desarrollarnos dentro de las necesidades individuales. Ese sentido Margot lo tenía a cabalidad y estaba consciente de eso; ella no iba por la canción o por el repertorio, iba por el vínculo y, como consecuencia de ese vínculo que establecía a lo largo de un tiempo, aprendía la vida, la historia, esa carga emocional. Cuando tú sacas todas las obligaciones sociales que tienen que ver, no solo con lograr el sustento o lo concreto, sino todas las que nos enseñan cómo debemos ser, cómo debemos comportarnos, sobre todo siendo mujeres, ahí, surge un potencial que es infinito, y por eso es importante reestablecer este saber implícito que está en mujeres como Margot Loyola, como las cantoras campesinas, que no ven esa limitación y se desarrollan por la necesidad de desarrollarse. Eso es a lo que vinimos acá, a desarrollarnos en conjunto con nuestro entorno.

Gabriela Campaña: Margot fue revolucionaria en su tiempo, sobre todo si uno piensa que decidió no ser madre. Una interpretación podría ser que ella sentía una enorme responsabilidad con su trabajo y la maternidad podría haber limitado lo que ella quería hacer y la proyección y el legado que quería dejar y transmitir. Esa decisión, pensada o no, generó en ella mucha autonomía, para poder viajar y recorrer todo Chile, estar interesada y darse el tiempo y la dedicación. Entre las importantes mujeres recopiladoras como Margot Loyola, Violeta Parra, Gabriela Pizarro, y después Patricia Chavarría, había mucha cooperación, lo que permitía también una puesta en valor de lo que se quería construir como país. Ese escenario estuvo construido por mujeres, desde la colaboración y la solidaridad, que permitieron tener una narrativa y una experiencia, para decir lo que estaba pasando en el campo, cuáles eran las tradiciones a rescatar o cuáles se estaban perdiendo. Fue una entrega incondicional y con mucha continuidad. Margot Loyola quebró todos los esquemas a nivel de investigación: desde su enfoque epistemológico generó una reflexión en torno a lo que pasaba en esos espacios, lo que a la hegemonía no le interesaba, y estaba abandonado. Entonces, poner el foco ahí, con esa dignidad, es un discurso revolucionario, sin duda.

 

Es evidente la alteridad presente en Margot Loyola, que se relaciona con entenderse y plantearse como una continuidad, como un puente de la tradición. ¿Cómo entendía Margot Loyola el folclor? Se habla que era purista en su mirada…

Mariela Ferreira: Cuando salí al exilio, el 8 de octubre de 1973 ya estaba en Estocolmo y, por supuesto, seguía cantando en actos. Pero me di cuenta que esos actos no eran para que yo tocara tonadas o cuecas, porque además [los espectadores] no entendían el idioma y casi todas esas canciones trataban de amor desengañado. Al irme, lo único que saqué con el salvoconducto de la embajada sueca fueron las obras completas de Neruda y empecé a musicalizarlo; después tomé a Gabriela Mistral, y a varios poetas, para conmover a la gente de Chile que también estaba allá. Entonces, mi primer trabajo fue con un teatro de marionetas que estaba montando [Fulgor y muerte de] Joaquín Murieta de Neruda; yo hice trozos de la música. La primera vez que regresé a Chile, después de 11 años, fui a visitar a la maestra y mostrarle lo que había hecho y ella me decía: “no, mijita no haga eso, usted tiene que seguir cantando nuestro canto, porque si no, se va a perder”. Neruda estaba traducido al sueco, así que lo grabamos allá con los cuncumenes, y lo grabamos acá también, pero a ella no le gustaba, hasta el final no le gustaba. De todas maneras, como yo tengo una raíz tan profunda, cuando musicalizaba un texto de alguna poesía, aparecía de repente una cueca, una barcarola.

Andrea Andreu: Tengo el recuerdo de niña de verla muy empoderada en decir lo que se hacía y lo que no se hacía. En ese sentido, se podría pensar que era purista, porque lo que siempre promulgó fue interpretar la esencia de nuestra música tradicional sin intervenciones en el fondo. Pero en la vida tardía, Margot Loyola se fue flexibilizando; quizá la experiencia la hizo abrirse un poco más y las necesidades también fueron cambiando. Como siempre se ha planteado, la cultura es dinámica, y nosotros también lo somos, en diez años podemos cambiar una perspectiva. Lo digo porque a mí me motivaba mucho en mis procesos creativos, con ella aprendí a interpretar un repertorio tradicional para crear desde la raíz y entender que si uno quiere desarmarlo, tiene que saber que lo está desarmando: voy a hacer una tonada moderna, por decir algo, eso lo aprendí de ella, y estoy muy agradecida. Hay gente tan importante, como Mariela [Ferreira], que recopilaron el cancionero, que lo han difundido, que lo han sistematizado a través de montajes, discos, libros, talleres, de diversas maneras, por eso quizá para Margot esa necesidad ya estaba cubierta; entonces vio que el rol de las generaciones actuales estaba relacionado también con otros quehaceres, que comienzan a ser nuevas necesidades, como el de la creación y de volver a dejar registros de las canciones que están inspiradas en la música tradicional, por ejemplo.

Gabriela Campaña: Poniéndose en el contexto primero de Margot y volviendo a la discusión de qué es patrimonio, o cómo se construye la noción de Estado o cómo el poder concentra lo que lo hace representativo, por ejemplo, cuando se declara la cueca como baile nacional, uno piensa: “Pero en Arica no se baila cueca y Chiloé tiene otras variantes, y de la cueca hay muchas variantes más…” Entonces, en esa construcción sobre lo que queremos mantener y cómo hacemos ese trabajo de conservación, Margot fue visionaria, sin duda. Eran momentos álgidos socialmente, no solo para Chile sino en América Latina, donde habían departamentos de estudios del folclor en países como Brasil, Perú, Colombia, Argentina, con los cuales ella también se vinculó. Existía una intención en América Latina de volcarse a identificar sus raíces, su pertenencia, su historia, su memoria, entendiendo, sobre todo, que el mundo campesino está basado en la tradición oral, en un traspaso generacional. Quizá Margot conocía más a Mariela y entendía el valor que tiene el Cuncumén y que si giraba a lo político podía cambiar y eso para ella, iba a ser fatal. Pero en la vida nada es tan absoluto, y depende de la responsabilidad que uno reconoce en sí mismo respecto a los temas que te interesan. Margot entendía el folclor con una conexión hacia el respeto, a identificar que la persona es importante para mantener ese conocimiento, y poder proyectarlo hacia un futuro, rescatando lo que pasaba en el campo, lo que se cantaba. ¿Hasta qué punto era importante reconocer al campesino o a los otros que vivían fuera de la ciudad? La propuesta de Margot fue visibilizar el reconocimiento y contribuir a fortalecer sus identidades a través de sus formas de cantar, de hacer artesanías, de vestirse, de comer, como una resistencia que el sistema busca homogeneizar.

 

Se pone siempre mucho énfasis en Margot Loyola como investigadora, pero es bueno destacar también otras dimensiones que no son tan visibles, aunque igualmente importantes. Una es su faceta como intérprete: ¿cómo interpretaba Margot? ¿Qué impresiones tienen de ella en cuanto a su presencia escénica?

Mariela Ferreira: Respecto a eso, me acuerdo que se indignó cuando llegó la moda del ballet folclórico en la década del 60. Vino a Chile un ballet ruso muy famoso, y todos los conjuntos empezaron a bailar en ronda, en círculo, y hacer unas cosas horribles; yo sufría, y ella más que yo. Había una danza, de la cual aprendimos que su gracia era que se trataba de una verdadera conversación de pareja, porque la mayoría de las danzas en la zona central son en parejas y el pañuelo cumple una función fundamental, y en esa época vimos un ballet folclórico, ¡que validaba eso con un rebenque [látigo de cuero] y azotaba a las mujeres! Entonces, para todos los conjuntos que eran sencillos, que habían aprendido con ella, con Gabriela Pizarro y con todas las maestras de la época y para nosotros desde el Cuncumén, ver cómo se iba perdiendo la esencia de todo, de la danza, era terrible, y yo ahí, le encontraba toda la razón. Margot en eso fue implacable: tú puedes crear, pero no inventar. La cueca es una y es un millón, pero lo más importante es la ocasionalidad, porque la cueca no se baila porque sí en la calle, hay tantos motivos por qué se baila, ¡si existe hasta cueca de velorios! Por eso es tan importante que hayas visto en terreno las cosas. Cuando Margot interpretaba una canción de amor, lo sentía en la piel, lo había tomado de una cantora, que le transmitió eso, cómo ella lo entregaba. Pero como la gente no las conoce, no las valora; esa es la pena.

Andrea Andreu: Margot Loyola tenía un profundo respeto por la cultura y eso hizo que ella se preparara muy bien. Sabía de la responsabilidad que significaba habitar el espacio escénico y el contenido que ponía arriba, y para ella eso tenía una tremenda profundidad. Por lo mismo, estuvo constantemente preparándose en la formación académica, si bien de manera independiente, siempre con profesores relacionados a ella.

 

Decía que se demoró siete años en interpretar una machi…

Andrea Andreu: Justo, a propósito de eso, el otro día me tocó interpretar uno de los temas que hizo Luis Advis para que Margot Loyola grabara el disco Canciones del 900, solo con temas que hablaban de la mujer y su rol social en 1900. Canté en el montaje, y el pianista, que era un tremendo profesor que inició sus estudios en la Escuela de la Universidad Católica de Valparaíso, me contó que tuvo la oportunidad de verla interpretando y quedó impactado. Fue en una ocasión que venían músicos importantes de Europa a realizar una ponencia académica, y el número musical para recibirlos era Margot Loyola. Desde un comienzo de la presentación, silencio absoluto; Margot llegó al espacio, tomó el cultrún y comenzó a interpretar una canción, al mismo tiempo que daba un círculo completo, de un magnetismo impresionante. Ella estaba en trance, estaba canalizando la energía misma de la machi en ese momento. En ese sentido, es la tridimensionalidad del personaje que se interpreta, sin tener una separación de lo que toca emocionalmente a la persona; no se trata solo de la interpretación, sino también de la experiencia propia relacionada con este personaje y con las técnicas adquiridas. Por eso era tan única y es tan difícil que pronto tengamos una persona así, porque la entrega era total, era una forma de vida.

Gabriela Campaña: Yo creo que por eso Margot tenía una sensibilidad en la interpretación, por toda la investigación y el entendimiento que hay detrás. Cuando uno revisa los programas que hacían en los 80 (Chilenazo, por ejemplo, de canal Teleonce Universidad de Chile) y analiza las reflexiones en torno a estas expresiones, que no eran aisladas porque había toda una razón detrás, uno entiende que ella se tomaba muy en serio ese sentido al interpretar. Si cantaba una canción, no inventaba, ni cambiaba algo para que le acomodara; ella tenía mucha preparación musical y profesional, y podía explorarse a sí misma, porque tenía las capacidades y las herramientas para hacerlo, pero siempre con ese sentido, con esa responsabilidad.

 

¿Por qué a cien años del nacimiento de Margot Loyola, para Chile, es importante recordarla?

Mariela Ferreira: Es tremendamente importante celebrar los cien años de Margot porque es necesario difundir su figura. A mí me encantaría que se hicieran más conversatorios, poder ir con el Cuncumén a las escuelas, a las universidades, para informarles quién fue Margot, qué hizo, cómo se sacrificó toda una vida. Yo he hecho hartos intentos, pero no ha sido fácil; he intentado hacer cosas en la comuna que vivo y tampoco ha funcionado. Por eso hay que difundirlo más, no se puede quedar así. Hay que hacer más programas de radio: ahora tenemos un programa en Quilicura donde hacemos un conversatorio sobre Margot y después cantamos sus temas. Yo converso harto con los taxistas y no tienen idea de quién era Margot. ¡Me da una pena!

Andrea Andreu: Creo que es importante recordar y generar un conocimiento base para todos los ciudadanos de Chile sobre la labor de Margot Loyola, porque es de esas personas iluminadas que no vamos a tener nunca más. El trabajo que ella hizo como hormiguita tiene una alta profundidad, nos da un ejemplo de vida y nos proporciona una cosmovisión para revalorar la forma de relacionarnos de una manera sana, intensa, profunda. Estamos en una era de reivindicación de valores, como género, como seres individuales y sociales, y en ese sentido, el desarrollo que tuvo en vida Margot Loyola, desde una mirada artística, social, y desde todos sus ángulos, es un ejemplo. Si todos supiéramos un poco más, o pudiéramos llegar a ser un poquito como Margot Loyola, seríamos una sociedad más comunicada y consciente de lo que necesitamos. Quisiera agregar que los músicos y los folcloristas estamos, hace mucho tiempo, en un esfuerzo conjunto por la difusión de su trabajo. Lamentablemente, podemos constatar que no llega a ser tan relevante en nuestra sociedad. Por eso creo muy necesario generar una política oficial que pueda hacerse cargo de fomentar instancias de transmisión de este conocimiento y de la figura de Margot Loyola. Siento que la educación es un medio fundamental para que podamos integrar los conocimientos amplios que contiene nuestro país, no solo los necesarios para rendir una prueba o para generar cierto desarrollo de operaciones concretas, sino que también debería haber instancias curriculares, y formadoras de profesores, que puedan abordar, por ejemplo, la vida y la importancia de Margot Loyola.

Gabriela Campaña: Considero que la celebración de los cien años de Margot Loyola es fundamental para poder entender la historia social, política y cultural de Chile. Ella es una herramienta que nos permite, desde su biografía, observar cuáles han sido las transformaciones y las continuidades profundas que hemos experimentado como país, y poder, además, cuestionarnos y ser ciudadanas y ciudadanos críticos y reflexivos respecto a qué país queremos construir hoy y en qué futuro nos vemos. Considero que, después de cien años, uno puede mirar hacia atrás y establecer la importancia que tiene la maestra en la historia, no solamente nacional sino también latinoamericana, como una fuente de energía y motivación para quienes quieran dedicarse en su rol, y desde una responsabilidad ética, a contribuir a este país. Margot deja ese legado, cuestionarnos: ¿Qué es lo que se asume para mejorar el futuro y hacerse cargo de las cosas que uno hace? Es una figura muy importante y, por supuesto, la difusión de sus maneras de ser, tiene que llegar ampliamente. Siempre hay gente creativa, capaz de crear puentes de comunicación, conexiones en las conversaciones familiares, cotidianas, donde uno puede generar cambio en las conciencias. Creo que Margot Loyola nos invita a entender su compromiso social, su calidad humana, su solidaridad, lo que también refleja a la sociedad que perteneció en su momento, porque ella no fue así porque sí, hubo un contexto social y cultural que la influenció, y eso, en la actualidad, ha sido muy invisibilizado. Existe un desafío, que es volver a esa generosidad, a esa entrega, a esa confianza en el otro, a poder proyectarnos en un futuro que nos permita mirarnos a la cara y reconocernos como otro importante. Eso nos muestra los cien años de la maestra, la importancia de la humanidad que existe en nosotros para poder relacionarnos y construir un país mejor.

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