Cultura y regionalización: ¿boceto para un mapa mudo o uno realmente participativo? – Pablo Chiuminatto

La regionalización de Chile durante la dictadura militar se vivió plenamente, no solo en la administración del Estado, sino también en la educación. Los niños chilenos de aquel tiempo —me incluyo— tuvimos que memorizar uno tras otro este nuevo ordenamiento que buscaba rediseñar el país en un proceso modernizador que el nuevo régimen instalaba.

Horas y horas de la clase de historia y geografía estaban dedicadas a este nuevo diseño, tanto en las cartografías que, recién impresas, se podían comprar en las librerías, como coloreando mapas mudos en los que se podía dibujar el nuevo país. Para los más grandes, el proceso era similar a cuando se cambia la moneda. Cada cierto rato tenían que hacer la conversión de las antiguas provincias en regiones para así poder ubicarse en los propios mapas que ellos, a su vez, habían dibujado cuando fueron niños.

Ya han pasado casi cuatro décadas de la instalación de las regiones, pero tal como un gran movimiento tectónico, el desplazamiento de la organización de Chile de un país de provincias a uno regional sigue su avance. Hace algunos años se crearon nuevas regiones para palear las dificultades generadas por el modelo original, cuando este ya llevaba cerca de treinta años. Nuevamente los niños chilenos tuvieron que aprender que ya no eran 13 sino 15. Los mayores, pocos sin duda, saben cuáles son las nuevas y que el rediseño que implica afecta los mapas mudos que seguimos llevando en la memoria. La dificultad es obvia, el país que aprendemos en la escuela es el país de nuestra mente, el que luego se va modelando con los viajes y las formas que coinciden o no con la experiencia de visitas y relatos propios y ajenos. Pensar que el modelamiento de esto límites imaginarios no afecta la vida de las personas es la fantasía del administrador. La reforma de la concepción de los límites, de las líneas imaginarias del entorno, redefine la percepción más allá de los muros del mapa imaginario de las provincias, comunas y barrios, que como hermanos menores, quedaron atrapados en el nuevo mapa moderno de Chile. Por el tiempo en que esta trasformación se realizó, para bien o para mal, Chile era un mapa mudo.

 

Dibujando un Chile cultural

Desde la creación del Consejo Nacional de la Cultura y las Artes el Estado buscó, entre sus altas misiones, democratizar la cultura a nivel país. Han pasado también décadas de esta iniciativa nacional, y la organización en regiones, por cierto, sigue definiendo las políticas y la forma en que se organiza el nivel central, así como cada uno de los Consejos Regionales. Si bien esta organización tiene su autonomía, los Consejos Regionales están alineados en torno a un grupo central compuesto por el directorio que preside el Consejo Nacional de la Cultura. En una réplica perfecta, esta instancia mayor es un símil de cada uno de los quince Consejos locales. Los Consejos Regionales se reúnen en subgrupos llamados macrozonales y la totalidad de ellos son convocados cada año a una convención nacional, en la que durante dos días se revisa el proceso del año así como las proyecciones futuras. La última versión, 2014, se realizó en Temuco los días 22 y 23 de agosto. Se trata de reuniones en las que están implicados todos los niveles programáticos, tanto para los fondos concursables como para los lineamientos que cada consejo administra de forma relativamente independiente, considerando los acentos que pueda imprimir a un modelo que, básicamente, por su diseño original, está determinado por los fondos y las líneas concursables.

En mi caso personal, luego de más de dos años de pertenecer al Consejo Regional Metropolitano y, considerando el tiempo de trabajo que queda por delante, creo necesario exponer algunos de los temas que han sido recurrentes en las discusiones mensuales que tenemos y que, estoy seguro, coinciden en muchos puntos con los de otras regiones. Entre ellos hay algunos asociados a la propia calendarización del año, tanto a nivel de fondos como de concursos y programas propios de la región. En este contexto se hace sentir cada vez con más fuerza la conclusión de que ya no es posible seguir con este modelo de fondos sin la intervención regional en temas estratégicos o emergentes. No es posible dejarlo todo a la oferta promovida por los propios ciudadanos, suponiendo que la sociedad civil se expresará a través de proyectos que ellos mismos deben ejecutar. Al mismo tiempo, los propios Consejos Regionales, así lo he podido constatar en estas reuniones, requieren de una red que los una para hacer posible la expresión real de las temáticas locales hacia el nivel central más allá de la representación que articulan las subdirecciones regionales del propio Consejo Nacional.

 

Modelo cultural o agencia de recursos

Ya han pasado más de dos décadas desde la instalación del modelo cultural propuesto luego de la vuelta a la democracia. Una de las características del sistema es que los fondos concursables determinan su alcance y la tendencia al aumento constante de estos recursos prescribe la forma cómo los cultores se relacionan con sus propias prácticas. Así como, por su parte, se hace cada día más evidente que las instituciones del Estado debieran velar por una oferta amplia y permanente que llegue a todos los rincones de Chile, pero con la condición de que sean ellos mismos quienes establezcan sus necesidades. Mal que mal son los que viven la experiencia de ser región.

La experiencia del Consejo Regional Metropolitano vuelve patente la necesidad de revisar esta dinámica histórica, porque la proporción de recursos que posee la propia región a nivel central se vuelve insuficiente y, sobre todo, es completamente desproporcionada respecto de los montos que manejan las distintas líneas de fondos concursables a nivel nacional. Algunos podrán decir que no hay suficientes proyectos, otros tendrán que reconocer que hay líneas que, por la creciente complejización de los formularios y su rendición (más simples para algunos, pero más complicados para otros) están viendo reducidas de forma ingente las postulaciones en algunas áreas. En ambos casos es necesario revisar en profundidad el modelo porque ante la inminente formación de un Ministerio de Cultura, en los próximos años, además de la duplicación del presupuesto, según lo expresara la Presidenta Michele Bachelet en su discurso del 21 de mayo de 2014, se hace perentoria la necesidad de corregir el modelo general. Esto con el fin no solo de incorporar nuevos criterios de participación, sino también de representación donde las regiones logren la influencia proporcional que merecen.

El grupo de consejeros de la Región Metropolitana, compuesto por Gladys Sandoval, Cristián Leporati, Denis Celery, Diego Álamos y el suscrito, en el momento en que asumieron las nuevas autoridades regionales en marzo de 2014, presentamos una minuta que resumía los lineamientos que como equipo habíamos identificado en los dos años que llevábamos de trabajo durante el gobierno anterior. De alguna manera, retomo en este texto algunos de los aspectos que planteábamos en dicho documento de trabajo y que resultan fundamentales para mejorar la distribución democrática de la cultura en la región. Se trata de medidas concretas para apoyar a dimensiones tales como: oferta cultural, distribución cultural y recepción cultural, además de temas de representación, como decía antes.

Estos lineamientos buscan corregir ciertas deformaciones propias del sistema, como por ejemplo: incentivar la postulación de comunas de la región que en la actualidad tienen un bajo nivel de postulación al Fondart; al mismo tiempo, buscar el modo de lograr que las comunas que se adjudican proyectos, en su ejecución, aseguren una diversidad de comunas beneficiadas y que, de este modo, no se concentre la oferta en las principales; y finalmente, que en el caso de la Región Metropolitana, de acuerdo con la información del año 2013, modificar el hecho que exista una la mayor disponibilidad a los mismos grupos que son beneficiarios de la oferta cultural más privilegiada.

 

Cada región un contexto

Con este fin, es necesario buscar el modo de motivar desde la política misma del Consejo de la Cultura el establecimiento de líneas de fondos concursables que impacten globalmente a la región; e incentivar además proyectos que no necesariamente estén determinados por las líneas de desarrollo tradicional de la cultura, recogiendo las áreas de interés e identidad propias de la cultura popular y con un sistema de ampliación de los criterios que definen o más bien redefinen cultura como un tópico vivo.

Esta serie de iniciativas, por cierto, debe instalarse a la par de la generación de instrumentos de medición que incluyan nuevos procesos culturales que no están siendo medidos por las actuales metodologías centradas en las áreas clásicas de las artes en correlación con el consumo cultural. Aunque es fundamental reconocer el trabajo que realiza el Departamento de Estudios del Consejo de la Cultura, es importante considerar que no tiene las herramientas ni los recursos para hacer investigación que realmente abarque todo el sistema del Consejo como ente público y sus símiles regionales.

Principalmente porque no se han creado instancias similares en cada región, para que nutran al mismo tiempo al nivel central y puedan generar estudios locales que permitan fundamentar las decisiones que cada región requiere para su desarrollo. Por esta razón, es necesario potenciar esta área y lograr establecer un levantamiento que permita, por ejemplo, identificar y apoyar potenciales postulantes a proyectos a través de actores sociales de las comunas que efectivamente podrían establecer un núcleo para una inducción efectiva en la postulación; de tal forma de no dejar a la iniciativa personal el que estos procesos se inicien, cuando sabemos que muchos postulantes luego de intentar y fallar una vez no vuelven a hacerlo. Es sabido que se pierden cientos de buenas ideas que quizás simplemente han sido mal formuladas, expresadas y modeladas.

Otro aspecto importante que de forma recurrente surge en las sesiones del Consejo Metropolitano tiene que ver con la necesidad de aumentar valor agregado a la evaluación de los proyectos en la medida que su cobertura geográfica abarque un número mayor de comunas. Por ejemplo, en relación con su alcance a nivel de centros culturales, espacios públicos, entre otros. En este mismo sentido se debiera diseñar un modelo de incentivo para las líneas de fondos concursables que fomenten la cultura popular y la asociatividad de los proyectos, asegurando la diversidad e inclusión. Y, por lo mismo, es necesario establecer un sistema de seguimiento de proyectos que permita no solo verificar su realización, sino certificar su alcance. Un sistema de sorteo de proyectos fiscalizados daría un rango de muestreo suficiente, tal como se hace en Fondecyt, para lograr al menos un diagnóstico de los proyectos financiados por el Consejo año a año.

Si bien estas propuestas van en relación con una intervención directa necesaria para un mejoramiento del alcance, no solo de la oferta, sino también de la participación. Estas iniciativas, sin embargo, no es posible que lleguen a una realidad sin establecerse instancias previas de medición (metodología tradicional de consumo cultural) o a través de diálogos comunitarios que permitan definir qué entienden las propias comunas deficitarias en postulación, oferta y recepción, por identidad cultural. A partir de este levantamiento se haría posible generar nuevas dimensiones que se sumen u obliguen al cambio en los criterios que sustentan las líneas de los fondos concursables regionales. Esto generaría además los insumos para que la discusión, tanto a nivel regional como nacional de consejeros, alcance un nivel más concreto y superar así la barreras que impiden la corrección del modelo de fondos concursables que, como bien sabemos los que participamos del proceso, está llegando a un límite en su efectividad.

En atención a esto último, es necesario lograr un nivel mayor de diálogo con los consejeros nacionales desde los niveles regionales, cuestión que ha sido manifestada recurrentemente por los consejeros regionales en las distintas instancias locales y en la convención nacional anual. Una nueva esperanza ha surgido con la llegada de este gobierno. La reciente Convención Macrozonal Centro, en la que participó la Región Metropolitana, fue un ejemplo de un cambio en las metodologías de trabajo y, de inmediato, su efecto se hizo patente. Las dos jornadas estuvieron dedicadas ya no a especialistas en el área, que presentan temas asociados a la cultura, pero sin un enraizamiento real en los problemas propios de cada región. Se expusieron iniciativas, problemas y logros de las propias regiones y, por lo tanto, la discusión trató temas concretos. Los consejeros pudimos llevar los mismos argumentos, pero con mayor sustento que los que hemos discutido en las reuniones mensuales. Así, si lo pensamos a un nivel nacional, la discusión puede alcanzar la fuerza para que se lleve a cabo la transformación que corrija el modelo, luego de más de dos décadas de funcionamiento en el que realmente no se alcanza el difícil balance entre lo regional y lo nacional.

Fue bueno, Chile está mejor en cultura, eso nadie lo pone en duda. Sin embargo, ha llegado el momento no solo de tener un Ministerio de Cultura que reconozca el trabajo en todas las áreas existentes: educación, hacienda, economía, minería, entre otras, sino que marque una tendencia general de participación y representación democrática. Así efectivamente podremos alcanzar el mentado desarrollo del que pareciera que a veces solo se ocupa la economía del país, versus el impulso de un modelo más complejo que incluya el desarrollo humano centrado en el bienestar cultural.

 

De Consejo a Ministerio

A modo de cierre, quisiera proponer algunos temas que me parece debieran resolverse antes de la instalación del ministerio:

  • Fomentar la creación de líneas estratégicas para instituciones de educación superior donde abrir posibilidades a la creación de redes regionales o nacionales para cubrir áreas deficitarias o iniciativas innovadoras y la transferencia desde la academia a la cultura y a las políticas públicas.
  • Disponer de presupuestos proporcionales a las líneas estratégicas y necesidades propias de la región o para el territorio ámbito nacional como la educación artística y de audiencias. El porcentaje de presupuesto del Consejo Regional refleja la fuerza de los gremios y de los intereses económicos (libro, cine, música) y son desproporcionados, basta compararlos con las otras áreas para entender que se deben hacer políticas correctivas.
  • Establecer iniciativas para prever las deformaciones que se producirán cuando el Ministerio de Cultura y el Ministerio de Educación estén en régimen paralelo. ¿Cómo se producirá la integración de ambos ministerios respecto de la cultura? Es evidente para todos, lo reflejan los discursos, que Consejo de Cultura y las Secretarías Ministeriales de Educación se necesitan mutuamente. Sin embargo, es evidente que los esfuerzos por equilibrar la valoración del currículo y las consecuencias de los test para su evaluación en la educación, dejan en una situación de desigualdad a la cultura como formativa y no solo como una actividad de esparcimiento y ocio.
  • Urgencia en la revisión de las políticas de inhabilitación de los consejeros Consejo de la Cultura respecto de los fondos y la vinculación con proyectos o siquiera el patrocinio de estos. Recordemos que esto tiene implicancias personales y familiares. Si consideramos que en el contexto del Fondecyt no existe inhabilitación de sus consejeros, por qué en el Consejo de la Cultura debe continuar la inhabilitación total de quienes participan.

La tendencia de los últimos 40 años en Chile, caracterizada por índices económicos como criterio principal de viabilidad de los proyectos culturales y que marcó la matriz de la autogestión y autofinanciamiento, implica tomar conciencia que para muchos actores culturales la palabra economía asociada a cultura resulta un obstáculo, sino una resistencia. Por lo anterior, si el Consejo de la Cultura quiere promover iniciativas asociadas a economías creativas es importante fomentar instancias materiales que ayuden a mediar el proceso de cambio de paradigma. Sin duda, una de las primeras acciones que habría que ejecutar es la necesidad de terminar con el trabajo ad-honorem de todos los consejeros y los criterios obtusos de inhabilitaciones que se aplican. Este sería el primer reconocimiento del trabajo cultural en el propio Consejo de la Cultura de las personas que colaboran en su gestión.

En este mismo sentido, es necesario velar para que los índices económicos de una región o comuna no sean el único objeto de juicio para el apoyo en cultura. El rol del Estado debe ser llevar la cultura a todos. Es verdad que debemos asegurar un acercamiento a los estratos más necesitados, sin embargo, para alcanzar un índice de desarrollo humano completo también es importante invertir en educar y sensibilizar a los estratos más altos. Son las formas combinadas de desarrollo las que podrán acabar con la polaridad y crearán un relato común incluyente y respetuoso de las distintas formas culturales.

Hoy sabemos que la multiculturalidad implica no solo la ruptura de alta y baja cultura, sino también de otras formas de estratificación que hasta bien entrados los años noventa parecían inamovibles. La cultura digital global para muchos representa un peligro en la preservación de sus tradiciones, sin embargo paralelamente, puede significar un aporte en la democratización de un país como Chile con sus características geográficas. Ojalá que las mismas redes, como una metáfora nacional, ayuden a alcanzar una nueva forma de relación entre el Estado de Chile y la cultura, más amplia, más incluyente y no solo convertida en una especie de banco al que postulan emprendedores para desarrollar un proyecto a o b. Se necesita ahora, luego de veinte años, integrar un modelo nacional para cubrir necesidades locales muy concretas, que aseguren no solo el acceso a la cultura, sino también el estudio y seguimiento de su alcance, así como el replanteamiento permanente de las formas de representación en la institucionalidad misma. No nos quedemos en el mapa mudo, construyamos un sistema realmente democrático de participación y diálogo regional y nacional.

 

Pablo Chiuminatto.[1]Artista visual y Doctor en Filosofía, Universidad de Chile. Profesor asociado, Facultad de Letras, Universidad Católica de Chile. Consejero por la Región Metropolitana del Consejo Nacional de la … Continue reading

References
1 Artista visual y Doctor en Filosofía, Universidad de Chile. Profesor asociado, Facultad de Letras, Universidad Católica de Chile. Consejero por la Región Metropolitana del Consejo Nacional de la Cultura y las Artes desde el año 2012.